Playa de Calpe, Alicante. Verano. 22-8-10

A veces, cuando estoy en un sitio, saco mi libreta y apunto lo que veo.  Lo hago sin detenerme a pensar demasiado, el presente se mueve rápido, hay que cogerlo al vuelo, según se está yendo. Después, ya en casa, con más calma, le doy al texto la coherencia necesaria para resultar legible. Este un ejercicio muy sencillo, pero tremendamente útil y liberador. Cada vez lo práctico con más frecuencia. Por eso he creado esta sección, para ir colgando algunos de estos apuntes rápidos. El primer texto que he decido publicar tiene algo de tiempo, como veréis en la fecha, pero quería empezar por éste, porque fue a raíz de este apunte rápido cuando me di cuenta de las posibilidades que tenía el ejercicio, y fue gracias a este apunte por lo que empecé a sacar  con más frecuencia mi libreta, con la única intención de captar el momento, o por lo menos, su estela. Prometo que los siguientes apuntes que publiqué serán más actuales.

***

Playa de Calpe, Alicante. Verano. 22-8-10 

Estoy sentado en  mi toalla.  Proyecto mí sombra  sobre  lo que escribo.  El sol me aplasta la piel, me muerde  como un perro a un intruso. En los picos de la toalla, mis chanclas hacen peso y me protegen de dobleces imprevistas.  En su superficie de plástico gris, puedo ver el molde de unos dedos y un talón que no son los míos. Es un dibujo del fabricante que no se corresponde con mi pie, así que cada vez me calzo tengo la sensación de ponerme las chanclas de otra  persona, de habérselas robado.

A mi lado, tumbado, descansa un hombre. Parece que tiene la firme  intención de broncearse lo antes posible, y se entrega  a ello con un estoico relajo.  El sol le pega de lleno.  Ahora mismo debe estar sintiendo todo un desfile de hormigas solares recorriendo  su cuerpo, alimentándose de todo lo blanco que hay en él.

A mi izquierda hay dos toallas vacías. Llevan así desde que llegué.  Retando mi curiosidad.  Varias veces,  cuando estaba leyendo,  he levantado la vista del libro  y he buscado por la playa a mis posibles vecinos. La única pista que tengo sobre ellos es un bote de Aquarios, que supongo que  usan de cenicero.

Más adelante, justo enfrente, hay un matrimonio jugando con sus hijos.  Todos muy pequeños, muy blancos,  muy rubios. Los niños juegan con palas y cubos, construyen muros de arena y después los reducen  a ruinas a base de patadas. Uno de los niños pinta un Pollock con barro sobre la espalda de su padre.  Imposible no mancharse con niños.

Cerca del matrimonio, frente a mí, hay una mujer más mayor que yo, de treinta y pocos, morena.  Me  ha desviado de mi lectura constantemente  durante toda la tarde. Ahora se ha tumbado al sol y observa como su amiga juega a las palas con el hombre con el que ha jugado ella. Por lo que veo, él es el novio de su amiga. Cosa que no quita para que el hombre se haya deleitado haciendo correr y saltar a la morena, por supuesto. No es para menos.  Desde mi posición tengo una vista privilegiada, y puedo ver la forma de sus pechos, acabados en picos perfectos, enguantados en un bañador negro, ligeramente mojado, demasiado seco.

Más allá de todo esto, de todos nosotros, está el mar en calma. Las olas lamen la orilla como una  escalera mecánica llegando a  planta. Hay mucha gente en el agua.  Yo aguanto por el momento. Aunque no me vendría mal  meterme un rato.  Tengo la pierna roja, estoy ardiendo.

No puedo parar de mirar a la morena. Si bien ahora es ella la que me ha sorprendido mirando, he sido yo el que se ha apuntado el  primer tanto. Al empezar a escribir, he levantado la vista y ella me estaba mirando. Justo de la misma forma que yo ahora la miro a ella. En el rato que llevo escribiendo, he descubierto a varias personas mirándome. Parece que despierta curiosidad un chico escribiendo en su libreta.

Los dueños de las toallas siguen sin venir. Esos trozos de tela empiezan a parecerme perros ahorcados.

La playa, escaparate de intimidades, me regala una bonita imagen; Una niña, de no más de ocho años, aprende a sujetar a su hermano, un bebé, mientras le besa la nariz con cuidado. Toda la familia les colma de pupilas.

Cuanto más miro a la morena, más detalles descubro que me habían pasado inadvertidos. Las pequeñas marcas de estrías de su cintura parecen arañazos en un coche recién pintado. También tiene una pequeña verruga bajo la axila. Es pequeña, diminuta, pero seguro que ella la odia. Aún así nada hace que me resulte menos atractiva. Es mi amor de tarde,  mi dolor suave.

La morena se sabe observada, y no solo por mí. Está acostumbrada a las miradas rápidas, furtivas, insistentes, deseosas, cobardes.  Es ésa mujer que en las tardes de playa alimenta fantasías y dudas que suelen resumirse en  una pregunta; ¿Qué pierdo por acercarme?

Yo también me hago esa pregunta,  pero me conozco demasiado bien,  y ni siquiera  me planteo la respuesta. No voy  a decir nada. Me voy a contentar con mirar de soslayo. Es inalcanzable a tan poca distancia. Además, seguro que tiene novio… morfina para  mis heridas. La piel abierta. No me merezco la puta medalla.  No en esta batalla.

Un texto de Carlos Rubio Recio.

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Acerca de Carlos Rubio Recio
Nací en Móstoles en 1985, aunque he vivido toda mi vida en Alcorcón, Madrid. Mis primeros años de estudio los hice en un colegio de monjas, después pasé a uno de curas, al que también iba mi hermano mayor, y finalmente terminé el bachillerato en un instituto laico. Desde que recuerdo, el cine y la literatura siempre han estado ahí, acompañando mis pasos. Terminado el Bachillerato entré a estudiar Filosofía en la Universidad Complutense, y al 2º año de carrera me matriculé en la Escuela de Cine de Alcorcón. Como suele pasar en estos casos, en la escuela hice grandes amigos con los que además, poder realizar proyectos. Uno de esos amigos es Daniel Andrés Pedrosa, con el que he colaborado en muchas ocasiones desde entonces, y con el que muy probablemente seguiré trabajando en el futuro. Después de la escuela de cine, entré a estudiar guión con Elisa Puerto en “La Piscifactoría”, y ahí sigo, ya voy por mi segundo año.

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