El diario de Kubelik 4/10/67

¡Lo he  conseguido!  ¡Adiós al bloqueo!

Hace dos días que pasó todo. Eran las diez de la noche. Yo estaba en mi habitación, bebiendo un vaso de whisky, dándole vueltas a una idea para la novela. Fue entonces cuando oí un leve batir de alas en la ventana. Intenté no ponerme nervioso. Abrí mi cajón y preparé una dosis del sedante que había comprado unos días atrás. El batir de alas se  hizo cada vez más fuerte. Yo intenté concentrarme en la idea que había tenido.  Era buena. Estaba seguro. Pero cuanto más intentaba concentrarme en ella, más intenso se hacía el sonido en la ventana. Era realmente difícil concentrarse.

Finalmente, dos pequeñas musas entraron por la ventana  batiendo sus alas. Revolotearon por toda la habitación hasta sentarse junto a mi cama. Eran tal y como las recordaba. Tenían el aspecto de dos niñas de catorce años, de un metro cincuenta más o menos, caras de rasgos perfectos, piel suave y escamada, y  alas como las de una mariposa. Hacía mucho tiempo desde que nos vimos por última vez. Las echaba de menos.

En cuanto llegaron me sentí inspirado. La idea que había tenido cogió forma de inmediato. La veía desarrollarse ante mí de una forma tan sencilla que me parecía imposible haber estado buscándola durante tanto tiempo. Había estado ahí siempre. Esperando a que yo la viera. Pero en cambio, no escribí nada. Ni una palabra.

Lo primero que hice fue levantarme y cerrar la ventana. Después cerré la puerta y fui hasta el cajón donde había dejado la jeringuilla con el sedante. Las musas no se movieron de su sitio. Creo que las extrañó ver que no escribía nada estando ellas, pero no dijeron nada.

Cuando una de ellas me vio sacar la jeringuilla,  debió  comprender lo que me proponía y levantó el vuelo alertando a su compañera. Las dos musas se pusieron a revolotear por toda la habitación. Una de ellas, la más despierta,  intentó abrir la ventana, pero  me interpuse en su camino. Intenté bajar la persiana, pero no me dejaron. Forcejeamos. Una de ellas se abalanzó sobre mí, me agarro por la espalda y empezó a morderme la oreja mientras su compañera luchaba por abrir la ventana. La pequeña musa que tenía a mi espalda era una verdadera fiera. Mordía, arañaba, daba patadas y me agarraba los brazos con fuerza para que no pudiera inyectarle la dosis a su compañera.

Le di un cabezazo a la musa que me sujetaba, y  me abalancé sobre la otra, que ya estaba abriendo la ventana para escapar. Conseguí clavarle la jeringuilla en el brazo, pero antes de que pudiera suministrarle la dosis se  revolvió y se encaramó a la lámpara. Gritaba sin parar.

Ése fue el momento que aprovechó la otra musa, que parecía tener la nariz rota, para salir volando por la ventana. Su compañera la vio irse con alivio, pero con cierta indignación. Solo quedábamos ella y yo. Sabía que si la dejaba escapar mi crisis no tendría solución. Las musas correrían la voz y ninguna volvería a visitarme jamás. Tenía que retenerla como fuera.

La musa se movía por el techo como un animal acorralado. Se parapetaba detrás de la lámpara como si eso fuera realmente un lugar seguro. Yo seguía cada movimiento con atención. Sus enormes ojos azules buscaban con pánico una salida, pero siempre acababan encontrándose con los míos. Finalmente, la musa tomó una decisión.

Saltó de la lámpara y se dirigió volando hacia la puerta. Yo, evidentemente, la seguí. Pero cuando llegué a la puerta, la musa hizo una  cabriola en el aire y se dirigió a toda prisa hacia la ventana entreabierta. No me daba tiempo a llegar. La musa iba a lograr escapar. Estaba fuera de mi alcance. Solo me quedaba una solución; Cogí la máquina de escribir de la mesa y la lancé con todas mis fuerzas contra la musa. La máquina impactó en su espalda, justo sobre una de sus alas. La pobre perdió el equilibrio y se estrelló contra el cristal de la ventana, que quedó reventada.

Cientos de trozos de cristal quedaron esparcidos por el suelo junto a la musa, que me miró suplicante, a punto de perder el conocimiento,  mientras yo me acercaba con las esposas y las cadenas.

Cuando perdió el conocimiento, la inspiración desapareció.  Lo que parecía claro se alejó de mí, me sumió de nuevo en la nada. Mientras ataba a la musa a la pata de la cama y le ponía las esposas, pensé en lo que pasaría si no se despertaba. En lo perdido que me dejaría aquella criatura sin su inspiración. Tuve  la certeza de que existía una relación directa entre mi lucidez y el estado consciente de ella. Pero hasta que no volviera en sí, no podía estar seguro de nada.

Pasaron las horas  y la musa no despertaba. Mentiría si dijera que hice otra cosa salvo mirarla. Podía haber recogido los cristales del suelo, haberme preparado una copa, haber cenado, darme una ducha…Pero no hice nada. Lo único que quería era observar a la pequeña durmiendo. Disfrutar de la visión de aquella figura de fantasía. Al respirar, sus alas se movían provocando pequeños destellos de color. Su piel tiene el tacto de  un recuerdo; es tan cálida como  lejana.

Cuando la musa despertó, estaba tan desubicada que no se dio cuenta de lo que había pasado. Intentó volar, pero no pudo. Su ala derecha parecía rota, y las cadenas eran lo bastante resistentes como para no ponérselo fácil. Me sorprendió que no gritara. En cuanto comprendió su situación, se limitó a recogerse sobre sus alas y quedarse sentada en una esquina de la cama, mirándome con pánico. Intenté tranquilizarla. Le dije que no quería hacerla daño, bueno, más daño…que lo único que quería era acabar mi novela, nada más. Ella escuchó con atención hasta que terminé de hablar. Luego siguió mirándome con pánico. Pese a su miedo hacia mí, la inspiración me volvió apenas abrió los ojos. Era perfecto. Solo tenía que mantenerla despierta para estar inspirado. Tan fácil como eso. Pese a que estaba deseando ponerme a escribir, me pareció  correcto darle algo de comer. Pensé que tenía que empezar a ganarme su confianza. Le di un vaso de leche y unas galletas. Se lo comió todo sin dejar de mirarme.

Escribir ése día fue lo mejor que me ha pasado nunca. Todo fluía, era como si alguien me dictará lo que debía escribir, como si un escritor mucho mejor que yo, pero que me conocía de una manera profunda, guiará mi escritura hacia un lugar que ni siquiera en mis mejores sueños habría osado habitar jamás. El lugar de los elegidos, de aquellos que son recordados.

Me encanta el tintineo metálico de la máquina de escribir. No recuerdo haberlo escuchado de manera tan continua jamás. Ni un solo parón. Ni una duda. Sólo escribir. Durante todo el día. Sin parar. Sin tregua. El sonido  de las teclas me trae a la memoria la imagen de un herrero trabajando el acero candente en la fragua. Dándole forma a su obra con cada golpe. Igual que yo.

En estos dos días he escrito veinte capítulos de mi novela, ni siquiera he parado para comer. Las únicas pausas han sido para ir al baño, nada más.  La única razón por la que ahora estoy escribiendo éste diario, es porque la musa se ha dormido hace un par de horas. Ése es el único motivo. Es el momento que debo aprovechar para dormir, comer, ducharme, prepararlo todo para cuando se despierte, y escribir la crónica de mi vida, que curiosamente, también se ha visto beneficiada por la musa, y se ha vuelto más interesante.

Adiós YO.

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Acerca de Carlos Rubio Recio
Nací en Móstoles en 1985, aunque he vivido toda mi vida en Alcorcón, Madrid. Mis primeros años de estudio los hice en un colegio de monjas, después pasé a uno de curas, al que también iba mi hermano mayor, y finalmente terminé el bachillerato en un instituto laico. Desde que recuerdo, el cine y la literatura siempre han estado ahí, acompañando mis pasos. Terminado el Bachillerato entré a estudiar Filosofía en la Universidad Complutense, y al 2º año de carrera me matriculé en la Escuela de Cine de Alcorcón. Como suele pasar en estos casos, en la escuela hice grandes amigos con los que además, poder realizar proyectos. Uno de esos amigos es Daniel Andrés Pedrosa, con el que he colaborado en muchas ocasiones desde entonces, y con el que muy probablemente seguiré trabajando en el futuro. Después de la escuela de cine, entré a estudiar guión con Elisa Puerto en “La Piscifactoría”, y ahí sigo, ya voy por mi segundo año.

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