El diario de Kubelik 10/10/67

¡He terminado la novela! Es perfecta. Pero todavía no la voy a mandar a ninguna editorial. Es tan buena que en cuanto la mande sé que me van a llamar para editarla, concertar citas y firmar contratos. Luego vendrán las entrevistas, las charlas, las conferencias, etc. Y eso tiene una consecuencia clara y evidente, tendría que salir de casa, y dejar marchar a la musa sabiendo que no volverá nunca más, ni ella ni ninguna otra. Sería condenarme al vía crucis de muchos escritores, que sólo han tenido un gran éxito. Escritores a los que la fama les vino tan de repente que no se recuperaron jamás. No quiero ser como ellos. Gracias a la musa he tenido nuevas ideas para un libro de relatos cortos.  Ya he empezado a escribir el primero.

Sé que le dije a la musa que sólo la quería para terminar mi novela… pero ahora comprendo que no puedo dejarla marchar. No estoy preparado. Necesito su luz para escribir. Puede que muchos grandes escritores a los que admiro hicieran lo mismo antes que yo. Puede que  Shakespeare, Conrad o Poe tuvieran a una musa amordazada en su cuarto, ¿por qué no? Sé que lo que hago no está bien, es más, sé que es algo cruel, incluso inhumano, pero me da igual, he tomado una decisión y voy a llevarla hasta sus últimas consecuencias.

He empezado a suministrarle anfetaminas a la musa. Se las toma con cada comida. Los resultados no se han hecho esperar, no sólo la musa aguanta más tiempo despierta, es que además, las  pastillas han influido de alguna manera en mi escritura, que  se ha vuelto más crispada, más incisiva, con toques que recuerdan a Ken Kesey. Mi estilo ha evolucionado en cuestión de días, cuando a muchos les cuesta años.

La musa sigue sin hablarme, y mirándome con recelo, aunque parece que ya se ha hecho a la idea de que va a pasar conmigo mucho tiempo. Ayer la lavé, estaba muy sucia. Aparté la cama, traje un cubo con agua y una esponja, y me puse a ello. La musa me miraba con sus grandes ojos azules abiertos de par en par. Recorrí su cuerpo con la esponja, despacio, limpiando lentamente cada parte de su piel, pasando por sus alas y su pelo suavemente, sin prisa. Su pecho, aún infantil, está formado por una especie de pétalos que cambian de textura y color a medida que bajan hasta el sexo. Es de una belleza tal que escapa a cualquier concepto estético que tengamos. Cualquier persona que pudiera verla todos los días y disfrutar de su don, me comprendería y respaldaría mi decisión. ¿Cómo voy a soltarla?

He de reconocer que la musa me turba.  No puedo evitarlo. Al fin y al cabo soy un hombre. Debo controlarme. Centrarme en escribir. Sólo en eso. Escribir.

Adiós YO.

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Acerca de Carlos Rubio Recio
Nací en Móstoles en 1985, aunque he vivido toda mi vida en Alcorcón, Madrid. Mis primeros años de estudio los hice en un colegio de monjas, después pasé a uno de curas, al que también iba mi hermano mayor, y finalmente terminé el bachillerato en un instituto laico. Desde que recuerdo, el cine y la literatura siempre han estado ahí, acompañando mis pasos. Terminado el Bachillerato entré a estudiar Filosofía en la Universidad Complutense, y al 2º año de carrera me matriculé en la Escuela de Cine de Alcorcón. Como suele pasar en estos casos, en la escuela hice grandes amigos con los que además, poder realizar proyectos. Uno de esos amigos es Daniel Andrés Pedrosa, con el que he colaborado en muchas ocasiones desde entonces, y con el que muy probablemente seguiré trabajando en el futuro. Después de la escuela de cine, entré a estudiar guión con Elisa Puerto en “La Piscifactoría”, y ahí sigo, ya voy por mi segundo año.

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