La carrera de las flores (1ª parte)

A Muriel.

La carrera de las flores era una de las tradiciones más antiguas y arraigadas en el pequeño pueblo de Givenot. La carrera se celebraba una vez al año, normalmente durante el verano, y solía congregar a todos los habitantes del pueblo en lo alto de la colina de los rezos. Cerca de la piedra donde según cuenta la leyenda, oró durante tres días y tres noches el famoso caballero Galindo Arnalt, tras matar al último bárbaro que pretendió invadir sus tierras.

Debido a las normas, en la carrera sólo podían participar niñas. La edad de las participantes solía oscilar entre los diez y los quince años, y era raro el año que se juntaban más de veinte. Por otro lado, las corredoras sólo podían inscribirse en la carrera una vez en su vida, norma que negaba a las perdedoras cualquier atisbo de consuelo, conscientes de que no podrían volver a intentarlo al año siguiente, ni ningún otro.

De esta forma, año tras año durante siglos, las jóvenes habitantes de Givenot que manchaban por primera vez, se ganaban el privilegio de disputar la carrera.

La prueba consistía en recorrer el pueblo de un extremo a otro y recoger las flores necesarias, cuidadosamente colocadas en puertas y ventanas, hasta formar un ramo de doce flores, que respetará la lista dada por el jurado justo antes de la competición. De nada le valía a una niña ser la primera y entregar un ramo con cuatro rosas, un jazmín, cinco dalias y dos hortensias, si en la lista que la entregó el jurado se la exigía un ramo de cinco rosas, un jazmín, tres dalias y tres hortensias.

La ganadora, aparte de quedarse el ramo como recuerdo, tenía el derecho de pedirle un deseo, razonablemente sencillo, por otro lado, a los habitantes del pueblo.

Maret Nicort, ganadora de la carrera con doce años, encargó a Fontás Verdet, carpintero del pueblo por aquella época, la construcción de una muñeca de madera lo más similar posible a ella en talla y aspecto. Fontás, gran artesano y perfeccionista como era, trabajó en la réplica durante semanas. En la fase final del proceso, y a petición del artesano, la familia de la joven aportó un vestido al que la niña ya no daba uso y los cabellos restantes de una visita al peluquero.

La muñeca, que solo había conocido la luz del taller y la mirada de su creador, fue descubierta a la vista de todos en un acto tan magnifico que casi la convertía en monumento.

La semejanza de la muñeca con la modelo no dejó indiferente a nadie. A muchos incluso les pareció de mal gusto. No creían correcto que se hubiera llevado el parecido a tales extremos. Les incomodaba imaginar a Fontás trabajando a solas en la figura de la pequeña Maret de madera.

La niña, en cambio, se mostró encantada. La muñeca no solo era una reproducción exacta de sí misma, sino que además era completamente articulable y muy liviana. Perfecta para jugar.

A partir de ése día, la muñeca y la niña se volvieron inseparables. Maret le contaba sus confidencias, le probaba ropa, peinados, y bailoteaba con ella por toda la casa. Era su hermanita de madera.

Pasado algo más de un año, la relación de la niña con la muñeca, con la que ya no jugaba tanto, pero a la que guardaba gran afecto, terminó de manera abrupta. Sus padres la quemaron en el jardín.

Al parecer, la madre había sorprendido a Naró, el hermano mayor de Maret, jugando con la réplica.

Otra de las peticiones que cabe recordar es la de Nur Llinet, ganadora con once años, que pidió que durante un día, todas aquellas personas que salieran a la calle, caminaran a gatas. Restricción de la que por supuesto, solo ella estaba eximida.

Se puede llegar a pensar, si no se conoce mucho a los habitantes del pueblo y lo arraigado de sus costumbres, que el deseo de la niña fue denegado de inmediato por exagerado, humillante, y otra serie de incontables adjetivos que sobrevolaron la mente de los implicados, pero lo cierto es que el deseo fue cumplido a rajatabla por todos.

Si bien es cierto que ése día hubo notables ausencias en la calle, solo salieron de casa los que se vieron obligados a ello, justo es reconocer la integridad de los ciudadanos en el cumplimiento del peculiar decreto. No hubo cabeza por la calle que conquistará altura superior a metro y medio.

Curiosamente, ver cumplido su deseo, pareció alterar de alguna manera el carácter de la pequeña Nur, que habiendo sido una excelente estudiante y alumna ejemplar hasta ése momento, tuvo que ser reprendida y castigada por su profesora de matemáticas, Sacramento Nunot, cuando no habían pasado ni dos días desde que la niña puso el pueblo a sus pies.

Nur, que siempre había visto los castigos desde su pupitre, fue obligada por su profesora a ponerse de rodillas, y con los brazos en cruz, aguantar un pesado libro en cada mano.

Cuando la niña les contó el castigo a sus padres, estos la regañaron por su mal comportamiento y Nur se fue a la cama sin cenar.

Pero deseos como los de Maret o Nur, son excepciones. La mayoría de las peticiones que jalonan la historia de las vencedoras, son tan vulgares, tan corrientes, que ni si quiera merecen su enumeración.

Además, no es de ellas de quien quiero hablar, aunque el entusiasmo que siento por sus historias me traicione y haga que les dedique más párrafos de lo debido.

La responsable de que yo esté ahora sentado en mi escritorio, luchando con las palabras, se llamaba Narea Siset.

Continuará…

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Acerca de Carlos Rubio Recio
Nací en Móstoles en 1985, aunque he vivido toda mi vida en Alcorcón, Madrid. Mis primeros años de estudio los hice en un colegio de monjas, después pasé a uno de curas, al que también iba mi hermano mayor, y finalmente terminé el bachillerato en un instituto laico. Desde que recuerdo, el cine y la literatura siempre han estado ahí, acompañando mis pasos. Terminado el Bachillerato entré a estudiar Filosofía en la Universidad Complutense, y al 2º año de carrera me matriculé en la Escuela de Cine de Alcorcón. Como suele pasar en estos casos, en la escuela hice grandes amigos con los que además, poder realizar proyectos. Uno de esos amigos es Daniel Andrés Pedrosa, con el que he colaborado en muchas ocasiones desde entonces, y con el que muy probablemente seguiré trabajando en el futuro. Después de la escuela de cine, entré a estudiar guión con Elisa Puerto en “La Piscifactoría”, y ahí sigo, ya voy por mi segundo año.

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