La quintaesencia del autoengaño

Salgo de la biblioteca. La tarde ha sido fructífera. Parece que ya voy encontrando las claves del segundo acto de la película. Quizá mañana, dentro de una semana, o dentro de un mes, todo me parezca una mierda, un paso en falso, y tenga que volver atrás, pero hoy salgo contento, aliviado, con la libreta llena de nuevas ideas. Para celebrarlo, para darme una pequeña palmadita en la espalda, entro en el chino que hay enfrente y me compro una Coca-Cola y una bolsa de patatas.

Al salir, decido sentarme en un banco del parque y comérmelo todo con calma. Aún no me apetece volver a casa. Está atardeciendo, el día se retira con una reverencia. Se esta bien en la calle. Después de mirar varios bancos me siento en uno que está justo enfrente de una pequeña loma. Tumbado en el césped hay un hombre de unos cuarenta años, muy bronceado, tiene la barba rala y cana, viste con una camisa de manga corta desteñida y unos pantalones cortos. Tiene piernas de atleta y una correa de perro en la mano. A su lado, un pastor belga campa a sus anchas olisqueando briznas de hierba. A unos treinta metros, un grupo de ancianos juega a la petanca con una precisión envidiable. Yo abro mi bolsa de patatas y empiezo a comer, ordenando tranquilamente las ideas para la película, intentando averiguar cuáles serán las que acabaré desechando. Al cabo de diez minutos, tres chicos de unos diecisiete años, vestidos con camisetas y pantalones cortos, se sientan a un par de bancos del mío. Un rato después, el hombre del perro se levanta del césped y se aleja caminando. Su perro echa a correr delante de él.

Pasado un tiempo, aparecen dos chicas, de más o menos la misma edad que mis vecinos de banco, con un pequeño perro. Una de las chicas es muy guapa, la otra no. Las dos chicas suben a la loma y, como si ese espacio estuviera reservado a gente con perro, se sientan justo donde estaba el hombre. A mi espalda. Yo, que ya he visto a la chica guapa, miro de reojo a los tres chicos, esperando su reacción. En cuanto la ve el primero, los otros dos giran el cuello. A ellos también les queda de espaldas. Los tres chicos hablan entre ellos, pero el tono de la conversación ya no es tan distendido como antes, han bajado la voz. Yo me giro, finjo buscar a alguien, cómo si estuviera esperando. Al fin y al cabo, estoy solo, la tapadera es creíble, incluso podría mirar el reloj… quiero ver cómo se han quedado sentadas las dos chicas, para poder evaluar mejor las futuras acciones de mis vecinos. Finalmente, la chica guapa se ha sentado frente a su amiga, dándoles la espalda a los chicos. O sea, que ninguno de los chicos va a poder intercambiar miradas con la chica guapa, solo tienen acceso a los ojos de la amiga, insisto, bastante menos agraciada,  que los tiene de frente, y a buen seguro, a poco que note que las están mirando, va a dar parte sin problemas, con total naturalidad, porque está en una situación privilegiada, Napoleónica. No cómo nosotros, que tenemos la retaguardia vendida. En un intento de intentar evitar ésa desventaja estratégica, uno de los chicos se levanta, y sigue hablando con sus amigos de pie, arrastrando sus deportivas por la grava, lanzando a cada rato miradas furtivas hacia dónde están las chicas. Los chicos siguen hablando de sus cosas, o eso supongo, porque no les oigo, solo interpreto lo que veo, pero de vez en cuando, vuelven al tema de la chica, y cuando lo hacen, no hay duda de que hablan de ella. Uno de los amigos esta picando al otro, al que esta de pie y parece más interesado en la chica. La sonrisa retadora del amigo es respondida por una mirada al suelo del chico, que en cuanto puede, vuelve a mirar hacia las chicas, frunciendo el ceño, como si estuviera haciendo cálculos. A estas alturas, la chica que ejerce de centinela, ya ha debido informar a su amiga de lo que está pasando. La curiosidad me puede, miro el reloj sin ver la hora, y vuelvo a girarme. Vaya, parece que mi amigo imaginario se retrasa bastante…efectivamente, la centinela ha dado la voz de alarma. La chica guapa sigue dándoles la espalda a los chicos, pero tiene la cabeza ligeramente ladeada hacia ellos, como si esperara escuchar en cualquier momento pasos acercándose. El chico que esta de pie sigue aguantando las puyas de su amigo, que parece decidido a no intentar nada con la chica, y por lo tanto, se ve liberado para picar a los otros dos, ya que el tercero parece que también se lo está pensando. Mientras tanto, los ancianos siguen jugando a la petanca. Hace mucho que dejaron atrás tantas tonterías. Tengo muy claro que si uno de esos ancianos volviera a tener diecisiete años, no iba a andarse con tantas dudas. Eso seguro. Estoy viendo lanzar a uno de ellos un tiro, cuando hay movimiento en el banco de los chicos. Los dos que estaban sentados se levantan, se sacuden el culo de polvo y se unen con pereza al otro, que aprovecha para lanzar otra mirada a las chicas. Su actitud no permite ni un instante de duda. No les van a decir nada. Se retiran.

Los tres chicos pasan frente a mí, cuando me han sobrepasado, el chico que parecía más interesado en la chica, aminora la marcha ligera, imperceptiblemente, mira a la chica, y continúa camino junto a sus amigos. Cuando se están yendo, oigo decir al chico, “Bah, tampoco estaba tan buena…” No puedo más que sonreír. ¡Voilá!, la frase mágica, la quintaesencia del autoengaño. La frase más escuchada por la noche en bares, locales, pubs, botellones, y cualquier sitio del mundo donde dos seres humanos libres puedan cruzar sus miradas y tomar constancia de la existencia del otro. Me giro de nuevo, esta vez frunzo un poco el ceño, el retraso de mi amigo imaginario empieza a ser imperdonable…la chica centinela ve como los tres chicos se alejan. Le dice algo a la chica guapa, que les ve alejarse por el rabillo del ojo. Vuelvo a girarme, doy un trago a mi refresco y analizo la frase que le he escuchado al chaval. Ésa frase, que yo he dicho más de una vez, y he escuchado otras tantas. Esa frase que invocamos justo en el momento en el que somos conscientes de la derrota, en el instante que entregamos las armas inmaculadas, sin rastros de batalla. “No estaba tan buena…” ¿Quién no estaba tan buena? Ella. Es decir, yo sí cumplía, pero ella no. Era ella la que no alcanzaba mis cánones de belleza. No yo. Si me hubiera acercado, podría habérmela ligado, pero es que ella no estaba tan buena, al menos no lo suficientemente buena como para que yo decidiera acercarme, es decir, para que decidera correr el riesgo de un rechazo, de una mirada torcida, o simplemente de un “tengo novio”… El problema no es mío, es de ella. Se lo ha perdido por no estar tan buena… Con esta frase no solo no asumimos la derrota, si no que también intentamos engañarnos tanto, a tal nivel, como para hacernos creer que la otra persona es la derrotada, que es la otra persona la que no ha estado a nuestra altura. Chapó. El tío que dijo esa frase por primera vez debería cobrar derechos… En fin, ya es hora de volver a casa. Me levanto, tiró la botella y la bolsa a la papelera y echo a caminar. Parece que mi amigo imaginario me ha dado plantón…Las chicas se quedan sentadas en el césped, hablando, con su pequeño perro dando vueltas y saltando como una liebre. Mientras vuelvo a casa, pienso que quizá pueda usar esta pequeña anécdota para una entrada en el blog.

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Acerca de Carlos Rubio Recio
Nací en Móstoles en 1985, aunque he vivido toda mi vida en Alcorcón, Madrid. Mis primeros años de estudio los hice en un colegio de monjas, después pasé a uno de curas, al que también iba mi hermano mayor, y finalmente terminé el bachillerato en un instituto laico. Desde que recuerdo, el cine y la literatura siempre han estado ahí, acompañando mis pasos. Terminado el Bachillerato entré a estudiar Filosofía en la Universidad Complutense, y al 2º año de carrera me matriculé en la Escuela de Cine de Alcorcón. Como suele pasar en estos casos, en la escuela hice grandes amigos con los que además, poder realizar proyectos. Uno de esos amigos es Daniel Andrés Pedrosa, con el que he colaborado en muchas ocasiones desde entonces, y con el que muy probablemente seguiré trabajando en el futuro. Después de la escuela de cine, entré a estudiar guión con Elisa Puerto en “La Piscifactoría”, y ahí sigo, ya voy por mi segundo año.

2 Responses to La quintaesencia del autoengaño

  1. Muy bien usada, la anécdota.

  2. Gracias Alvaro! Un saludo!

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