Bar de Alcorcón, Madrid. Otoño 2012

Escribe. No pienses. Deja de existir. Captura el momento. Céntrate en lo demás. En lo que ves. Olvida tu nombre y tu cuerpo. Olvida el pasado. Todo lo que hace que seas tú. Construye una casa con letras y quédate a vivir en ella. No hay hogar al que volver. No mires el móvil. Que baile el boli. Tienes tinta de sobra. Llena mil páginas y tíralas al salir. Esto no es literatura. Eres tú escribiendo que eres tú. No dejes nada por escribir. El café sigue demasiado caliente. Frente a ti, frente a mí, dos parejas de ancianos estiran la tarde. Les escuchas mientras escribes. Por debajo bulle el sonido del bar. Enjambre de cucharillas. Zapateo de platos blancos. El hombre le cuenta una historia al otro hombre. Veo la mirada de su mujer. Es una historia que ya conoce. Toca oírla otra vez. No le importa. Es una buena historia. Una anécdota que siempre resulta. Un as en la manga. Es la historia de un hombre que se intentó suicidar. Se tiró desde lo alto de un muro y cayó encima de otro hombre. “No le llegó a matar del todo, pero…” Es una historia de remordimientos. Desde ése día la vida del suicida cambió. La conversación deriva a milagros cotidianos. Niños que se salvan al caer desde un octavo. Desde la mesa de los ancianos me llega el olor de su colonia. Me acuerdo de mi abuelo. No sé por qué. El olor no se parece. Junto a los ancianos hay una mesa vacía con dos sillas. Parecen una pareja hablando. Aprovechando un momento de intimidad antes de que otra pareja llegue y se siente sobre ellas. Sobre mí hay un reloj atornillado a la pared. Un reloj que simula ser un reloj de estación. Quizá este bar anhela ser un ser bar de estación. Un lugar con hambre de maletas, de conversaciones al borde del adiós. La mesa en la que escribo también quiere aparentar algo que no es. No eres de mármol. Y lo sabes. Pero no te preocupes, yo tampoco soy Galdós. Si lo fuera, y esto fuera un bar de estación, todo sería mejor. En un rotulo electrónico colgado de la pared van pasando en rojo platos de la carta. “Perritos calientes, sándwich mixto, jamón.” Te empiezan a doler los dedos. No has escrito mucho. Pero aprietas el boli demasiado. Es tu arma y estás rodeado de fantasmas. Es normal tener miedo. Procura no pensar en ello. Aún tienes tinta. Garabatea palabras. Traza carreteras azules. Escribe lo más rápido que puedas. Escribe hasta que se derritan los lunares de tu mano. No levantes la vista. No te mires en el espejo. Tienes en los ojos tristeza de aeropuerto. Cuando termines de escribir todo seguirá igual. Tu casa seguirá en la misma dirección. Y las personas que quieres seguirán recorriendo su propio mapa. Suena un móvil. La mujer de enfrente se vuelve. Rebusca en su bolso. “Estos son los chicos…” La mujer no encuentra el móvil. Los chicos saben que ella tarda mucho en contestar. Por eso no cuelgan. La mujer responde. No les oye bien y sale a la calle. El rotulo electrónico con los platos está parpadeando. Intermitencia de postres. Más al fondo, tres personas se levantan de su mesa y cogen sus abrigos. El hombre se abrocha la chaqueta como si fuera un uniforme. El mal tiempo de fuera pesa en la gente que se va. Llena sus gestos de cierta pereza. De obligatoriedad. Otro móvil. La sintonía de Nokia suena como un juguete moribundo. El dueño del móvil está sentado en la barra. Tiene una cerveza delante. El hombre mira la pantalla del móvil, que sigue sonando, y se lo guarda en el bolsillo. Me miro en el espejo. Tengo el pelo revuelto y esa perilla ridícula que se me pone a los tres días sin afeitar. Tomo algo de café tibio y sigo escribiendo. En la carta forrada de plástico que hay sobre mi mesa, debajo de las ensaladas, ofrecen Panolis. Panolis con lomo, Panolis con boquerones y tomate…Panolis. La mujer que estaba hablando con sus chicos vuelve a entrar en el bar. Su marido le pregunta a la otra pareja si quieren pedir algo más. Es la cuarta vez que se lo pregunta desde que estoy aquí. Parece que alguien no se quiere ir a casa…la puerta del bar se abre de nuevo. Ya es de noche. La calle luce teñida de azul cobalto. “Anda que coges el móvil, ¿eh?, ¡te he pillado con las manos en la masa!” La mujer que acaba de entrar se encara con el hombre de la barra. La mujer parece uno de los malos de Fraggle Rock. Si el hombre no quería que le jodieran la cerveza, va listo. El hombre intenta excusarse, pero sus intentos son en vano. Ridículos. La mujer se sienta a su lado y pide un café. Al sentarse aprieta el bolso contra su pecho y se carga de paciencia. Al llegar ella, el hombre se ha convertido en un niño que no se termina la cena. Pido la cuenta. Estoy cansado y sigo igual de triste.

Un texto de Carlos Rubio Recio

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Acerca de Carlos Rubio Recio
Nací en Móstoles en 1985, aunque he vivido toda mi vida en Alcorcón, Madrid. Mis primeros años de estudio los hice en un colegio de monjas, después pasé a uno de curas, al que también iba mi hermano mayor, y finalmente terminé el bachillerato en un instituto laico. Desde que recuerdo, el cine y la literatura siempre han estado ahí, acompañando mis pasos. Terminado el Bachillerato entré a estudiar Filosofía en la Universidad Complutense, y al 2º año de carrera me matriculé en la Escuela de Cine de Alcorcón. Como suele pasar en estos casos, en la escuela hice grandes amigos con los que además, poder realizar proyectos. Uno de esos amigos es Daniel Andrés Pedrosa, con el que he colaborado en muchas ocasiones desde entonces, y con el que muy probablemente seguiré trabajando en el futuro. Después de la escuela de cine, entré a estudiar guión con Elisa Puerto en “La Piscifactoría”, y ahí sigo, ya voy por mi segundo año.

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