Zulo

El olor le guio por la casa hasta una habitación azul. Un niño, muy tieso, penduleaba sobre el perro que roía sus talones. El detective pensó en cortar la soga y tumbarlo sobre la cama, pero era un acto de delicadeza que no se podía permitir. Cruzó la habitación y abrió el armario despacio, con el morro de la pistola rastreando peligro. Tras los abrigos encontró una portilla. Apretó con fuerza la pistola y permaneció muy quieto, notando como el sudor le fluía por las líneas de la mano. Nada más descorrer el cerrojo, le llegó un coro de murmullos y alaridos de anciana. Al asomarse, vio que las voces provenían de un túnel. El detective avanzó hacía la luz que fluctuaba con los gritos. ¡Fantásticamente!, suplicaba la anciana, ¡fantásticamente! El detective echó a correr por el pasillo de piedra hasta que se encontró de frente diez espaldas cercando un cuerpo desgajado. ¿Cómo te sientes?, preguntó uno de ellos mientras la pateaba. ¡Fantásticamente!, rugió la mujer, ¡fantásticamente! En ése momento, uno de los hombres se volvió hacia el detective, y todos los demás le siguieron. Veinte odios azules escrutaron al intruso y su pistola. La mujer se arrastró hasta el detective manchando el suelo con las secuelas de la cueriza. Ninguno intentó detenerla, se limitaron a observar cómo se alejaba, con aire menospreciador. Al fijarse bien en sus rostros, el hombre reparó en que todos tenían la misma mirada, la misma expresión, la misma boca, los mismos lunares, la misma tristeza. Lo único que los diferenciaba era la edad. El más mayor debía tener rondar los sesenta, el más pequeño, apenas estaría en los doce. Todos aquellos rostros repetidos, maquillados de distinta manera por el tiempo, mostraban una hectiquez jabonosa. El detective conocía ese rostro, lo había visto en la casa de la anciana, en las forzadas fotos familiares colocadas en el recibidor y el salón. Una idea absurda, insubsistente, alumbró la mente del detective con una claridad tan llana, que resultaba terriblemente persuasiva. Por imposible que fuera, aquellos raptores, eran un único raptor.

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*La imagen pertenece a la película “Angel Heart”, de  Alan Parker.

Un texto de Carlos Rubio Recio

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Acerca de Carlos Rubio Recio
Nací en Móstoles en 1985, aunque he vivido toda mi vida en Alcorcón, Madrid. Mis primeros años de estudio los hice en un colegio de monjas, después pasé a uno de curas, al que también iba mi hermano mayor, y finalmente terminé el bachillerato en un instituto laico. Desde que recuerdo, el cine y la literatura siempre han estado ahí, acompañando mis pasos. Terminado el Bachillerato entré a estudiar Filosofía en la Universidad Complutense, y al 2º año de carrera me matriculé en la Escuela de Cine de Alcorcón. Como suele pasar en estos casos, en la escuela hice grandes amigos con los que además, poder realizar proyectos. Uno de esos amigos es Daniel Andrés Pedrosa, con el que he colaborado en muchas ocasiones desde entonces, y con el que muy probablemente seguiré trabajando en el futuro. Después de la escuela de cine, entré a estudiar guión con Elisa Puerto en “La Piscifactoría”, y ahí sigo, ya voy por mi segundo año.

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