El cine Valderas

Aqui os dejo mi nueva colaboración para el blog de cine “Acción filmica”. En esta ocasión hablo de un cine muy importante para mí, el cine Valderas, que durante muchos años fue el cine de mi barrio, y que ahora, como muchos otros cines de barrio y del centro de  Madrid,  ya no existe.

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Reflejos nocturnos

Cuando era pequeño, compartía dormitorio con mi hermano. Nuestra habitación tenía una ventana que daba al patio de vecinos, dos camas con cabecero de madera  por donde luchaban mis juguetes, una mesilla de noche con una lámpara  y dos cajones, el de arriba para mis cosas, y  el debajo para las suyas. Teníamos un armario,  una mesa de estudio que usábamos poco,  un espejo con marco dorado, y sobre éste, un pequeño conejo azul, que me regalaron cuando yo aún era un embarazo. Teníamos una pared para los posters, y un cupo máximo que no recuerdo, que nos obligaba a elegir bien   nuestros ídolos.

Tras siete años de convivencia, a mi hermano le llegó la pubertad, y nuestros padres decidieron darle un cuarto propio. Y así fue como la habitación contigua a la nuestra, la que llamábamos “la de los juguetes”, fue remodelada y se convirtió en su habitación. Su marcha dejó algo más de espacio en el armario y una cama libre, en la que hasta ése momento, solo él tenía  derecho a dormir. El hecho repentino de poder elegir, de poder mudarme a la otra cama, me hizo sentir importante, más mayor, el único regente de una habitación de dos camas. Y no tardé en ocupar el trono vacío.

La cama de mi hermano estaba frente a la puerta que daba al pasillo. Al otro lado  del pasillo, a un par de metros de nuestra habitación,  estaba el cuarto de estar, que era donde  hacíamos vida, veíamos la tele, y donde mi padre anotaba en la pared los avances de nuestro crecimiento. El cuarto de estar tenía varios sillones colocados en forma de “L” invertida, cuya parte más alargada empezaba junto a la puerta y terminaba en la otra punta de la habitación, en una esquinera. Al lado había otro sillón, justo debajo de una ventana, en el que mi padre solía sentarse a leer junto a mi madre, más proclive a tumbarse a ver la televisión.

Ésta disposición de la casa y las habitaciones, hacía que si las puertas de las dos cuartos  estaban abiertas, yo podía ver a mi madre de frente, tumbada en el sofá, y ella a su vez, verme a mí, tumbado en la cama.  Puede que estuviera más vigilado, pero también me sentía más protegido. Y eso me gustaba.

Por aquella época yo tenía que dormir con la puerta abierta.  Tenía tantos miedos nocturnos que se iban turnando, cuando no me visitaba uno, lo hacía el otro. Entre los más frecuentes, Drácula. Tenía tanto miedo a que me mordiera, que me acostumbré a dormir con la sabana puesta alrededor del cuello, a modo de babero. Sabía que no era una solución muy efectiva, pero bueno, era mejor que nada. También  tenía miedo de “Terminator”, que se presentaba en mi casa y mataba a mi familia mientras dormían,  para después emprender camino hacia mi cuarto con  paso grave y gemido de cuero. Aún recuerdo su figura recortada bajo mi puerta, la cadencia tranquila de la mano subiendo el arma para apuntarme de frente, la intensidad red danger de aquel ojo escrutador, escaneando mi pánico antes de disparar.  Recuerdo a “Freddy Kruger”, que esperaba pacientemente a que me llegará el sueño escondido en el armario.  Y desde luego,  recuerdo a la niña del exorcista,  que tumbada y  amordazada en la cama de al lado, me insultaba y se reía con voz de magnetófono roto mientras luchaba por soltarse.

Ante semejante percal, era frecuente que  muchas noches, le pidiera a mi madre que se quedará un poco a ver la tele hasta que yo me durmiera. Y así, con las dos puertas abiertas, con el rumor de la tele y sus destellos, y  la presencia de mi madre, yo me sentía más animado a  rendirme al sueño.

Aunque por otro lado, era precisamente ése rumor de la tele y esos destellos, los que me  incitaban a enfrentarme al sueño, y habitar a hurtadillas y desde mi cama, franjas horarias prohibidas, películas vedadas.

La imagen de mi madre en pijama, tumbada en el sofá, únicamente iluminada por el fulgor del televisor, es una de ésas imágenes que la memoria decide guardar en un cajón especial, a buen recaudo, lejos del olvido y las décadas.

Parece que la estoy viendo, con los brazos cruzados sobre el pecho y ésas gafas tan de los noventa, tan suyas, cristal grueso y montura de pasta muy funcional, resistente,  de un rosa apagado. Y en sus cristales, un rastro de cine, la sombra de lo que estaba viendo.

Cuántas películas habré visto de ésa manera, cuántas programas habré seguido desde mi cama, escuchando voces sin rostro, música sin imagen, interpretando el código de luz como si fuera morse; azul, azul, blanco, ráfaga corta de rojo, larga de blanco.

Noche tras noche, fui perfeccionando  mi técnica de ver a ciegas.  Pronto fui capaz de distinguir un plano corto de uno general, una secuencia tensa, de una tranquila.  Aprendí a interpretar la música, y  saber cuándo el protagonista se encontraba en inminente peligro, cuando estaba contento, o cuando se acababa de enamorar a primera vista.  Las películas malas eran mis favoritas, eran las más fáciles de seguir. Los protagonistas siempre explicaban de viva voz lo que estaba pasando, y  además la música lo subrayaba. Podía seguirlas de cabo a rabo sin perder ripio.

Recuerdo que algunas veces, cuando había una escena de sexo, fáciles de identificar, por otro lado, mi madre miraba de reojo hacia mi cuarto y deslizaba un “duérmete” alargado,  estirando la “e” final.  Incluso en alguna ocasión, las menos, me amenazaba con cerrar la puerta si no hacía por dormir.

Y tengo el recuerdo,  no sé si  creado,  ya lo advierto,  de los reflejos nocturnos de “Instinto básico”, y el famoso polvo de la Stone y Douglas. Recuerdo la escena que lo precede en la discoteca, la televisión bombeando luz y música,  el cuarto de estar parpadeando en azul y blanco… y después un silencio naranja, muy apagado, color carne, y unos gemidos de placer que abren paso a una música sensual y peligrosa, como una serpiente reptando por arena.  Y después más gemidos y jadeos, y la serpiente que sigue reptando, que  poco a poco  se va acercando a la presa, y los jadeos, cada vez más fuertes, que encubren a la serpiente mientras prosigue en su avance, y que ya se prepara para atacar, con la boca abierta y los colmillos ya sin disimulo, mostrándose peligrosos y en esplendor, demasiado tarde ya para ser evitados…Y en ése instante, un breve silencio, y  la serpiente que se aleja sin haber hecho daño… pero igual de sensual y peligrosa.

No sé hasta qué punto ésas noches, ésas reflejos nocturnos, influyeron en mi amor por el cine y en el  poco  conocimiento que pueda tener de él, aunque intuyó que pusieron su pequeño granito en la balanza.  De lo que si estoy seguro, es del buen recuerdo que guardo de ellas, y de la apaciguada nostalgia que siento al volver a visitarlas.

Y quién sabe, puede que dentro de muchos años, permitidme la indulgencia, cuando ya sea un anciano enfermo, recluso de cama, a punto de jubilarme de la vida y de todo,  y con la cabeza inundándose de negras aguas por todas sus compuertas, puede que en ese último momento, mi memoria, tan asustada la pobre, elija,  ya resignada, morir abrazada al recuerdo de ésas noches tan dulces de la infancia. Y puede,  tal vez, que en  ése  último suspiro al que todos tememos tanto, yo vea la imagen de mi madre,  justo al otro lado, tumbada en el sofá,  esperando a que me duerma.

Un texto y un recuerdo de Carlos Rubio Recio.