Zulo

El olor le guio por la casa hasta una habitación azul. Un niño, muy tieso, penduleaba sobre el perro que roía sus talones. El detective pensó en cortar la soga y tumbarlo sobre la cama, pero era un acto de delicadeza que no se podía permitir. Cruzó la habitación y abrió el armario despacio, con el morro de la pistola rastreando peligro. Tras los abrigos encontró una portilla. Apretó con fuerza la pistola y permaneció muy quieto, notando como el sudor le fluía por las líneas de la mano. Nada más descorrer el cerrojo, le llegó un coro de murmullos y alaridos de anciana. Al asomarse, vio que las voces provenían de un túnel. El detective avanzó hacía la luz que fluctuaba con los gritos. ¡Fantásticamente!, suplicaba la anciana, ¡fantásticamente! El detective echó a correr por el pasillo de piedra hasta que se encontró de frente diez espaldas cercando un cuerpo desgajado. ¿Cómo te sientes?, preguntó uno de ellos mientras la pateaba. ¡Fantásticamente!, rugió la mujer, ¡fantásticamente! En ése momento, uno de los hombres se volvió hacia el detective, y todos los demás le siguieron. Veinte odios azules escrutaron al intruso y su pistola. La mujer se arrastró hasta el detective manchando el suelo con las secuelas de la cueriza. Ninguno intentó detenerla, se limitaron a observar cómo se alejaba, con aire menospreciador. Al fijarse bien en sus rostros, el hombre reparó en que todos tenían la misma mirada, la misma expresión, la misma boca, los mismos lunares, la misma tristeza. Lo único que los diferenciaba era la edad. El más mayor debía tener rondar los sesenta, el más pequeño, apenas estaría en los doce. Todos aquellos rostros repetidos, maquillados de distinta manera por el tiempo, mostraban una hectiquez jabonosa. El detective conocía ese rostro, lo había visto en la casa de la anciana, en las forzadas fotos familiares colocadas en el recibidor y el salón. Una idea absurda, insubsistente, alumbró la mente del detective con una claridad tan llana, que resultaba terriblemente persuasiva. Por imposible que fuera, aquellos raptores, eran un único raptor.

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*La imagen pertenece a la película “Angel Heart”, de  Alan Parker.

Un texto de Carlos Rubio Recio

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El agüita

El hombre le acercó el vaso de agua a su hijo. El niño cogió el vaso con manos temblonas y comenzó a beber. Su respiración silbaba en el vaso a cada trago. Mientras bebía, el hombre le acarició el pelo, empapado en sudor.  Cuando terminó de beber, el niño devolvió el vaso a su padre y le miró con los ojos aún manchados de miedo. El hombre le secó con el dedo las mejillas.

-Acostúmbrate. Vivir antes de dormir, produce pesadillas.

Un texto de Carlos Rubio Recio

Botellas vacías

En su lápida siempre hay grafitis y botellas vacías. De todas las tumbas del cementerio, la suya es la favorita de los jóvenes para hacer botellón. La más solicitada en las noches de verano. Si no fuera por las pintadas, su lápida no destacaría especialmente entre las demás. Es muy sobria, tan funcional como el sello de un impreso. Un nombre y dos fechas demasiado próximas entre sí. Tan cercanas que al leerlas puedes imaginarte a sus padres en el entierro. Quizá sea eso lo que hace que los jóvenes prefieran ir a su tumba. Quizá piensan que él va a ser más comprensivo que los otros, que murieron siendo padres, abuelos. Lo cierto es que se ha ganado el cariño insolente y bravucón de los que le visitan con frecuencia. Más de una vez les he oído brindar en su nombre, llamarle colega, o imaginarle una vida y un motivo de muerte. Algunos opinan que se lo llevó por delante un accidente de coche o de moto. Otros creen que fue una sobredosis. Aunque siempre hay alguno que con tono repentinamente respetuoso, opina que fue cáncer, o algo de ese palo. Se me hace extraño oírles decir su nombre, para ellos siempre ha sido un muerto, y lo pronuncian con la neutralidad con la que se habla de un escritor del siglo de oro, de un conquistador, o de un rey medieval. No les culpo, desde que murió yo tampoco pronunció su nombre igual. Supongo que hay algo en nuestro nombre que muere con nosotros cuando nos vamos. Y a partir de ése momento, ninguna de las personas que nos amó vuelve a pronunciarlo como lo hacía antes. Si esos jóvenes que ahora pronuncian su nombre con camaradería burlona supieran lo que está pasando realmente mientras beben, lo que su amigo les está haciendo desde lo más profundo de su tumba, se alejarían corriendo y no volverían jamás. Pero ellos no sospechan nada. No saben que mientras beben y hablan, él les está robando toda la vida que cabe en sus manos, y se la va guardando en los bolsillos de su traje, que cada vez le deber quedar más holgado. Se va adueñando de pequeños ovillos de futuro con la ilusión de poder construirse un presente nuevo algún día, una vida más larga, o por lo menos una tan corta y tan intensa como la que tuvo. Yo sé que ese es su plan. Pero creo que nadie más lo sabe. Porque la gente no suele fijarse en los detalles. Nadie se da cuenta de lo rápido que se marchitan las flores que llevan a su tumba, como las arranca la vida en cuanto las posan encima. Nadie se fija en que los gatos la repelen, evitan pasar junto a ella, y si alguno pasa más confiado, aún adormilado por la siesta, no tarda mucho en echar correr, como si hubiera notado una mano que se posa fría sobre su espalda y le palpa las vidas que le quedan. Yo sé que a mí también me roba el tiempo, quizá con más qué vergüenza que al resto, pero lo hace. Y no me importa que lo haga, mi tiempo es suyo, y puede coger cuanto quiera. Muchas veces paso la tarde entera junto a su tumba, leyéndole un libro, o contándole lo que me ha pasado, lo que me preocupa, como continúa la vida sin él, y al marcharme puedo notar el cansancio, y siempre pienso en el tiempo que me habrá quitado, y suplico para que haya sido mucho, para que pueda volver a la vida cuanto antes. Apenas me dio tiempo a quererle. Se bebió la vida de un trago y se marchó sin esperarme. Ahora yo intentó terminar mi copa, pero soy incapaz de bebérmela de un trago, aunque lo he intentado. Así que me la voy bebiendo poco a poco, a pequeños sorbos, porque desde que él se  fue, el licor se ha vuelto tan amargo que apenas puedo mojarme los labios.

Un texto de Carlos Rubio Recio

Tú y yo

Cariño, me he dado cuenta que yo soy más yo, cuando no estás tú. Pero tú necesitas ese yo, que no soy yo, para poder ser tú. Porque solo cuando yo dejo de ser yo, tú eres tú. Lo malo es que entonces yo no soy yo. Así que lo mejor es que rompamos. Tú tienes que encontrar tu propio yo. Y yo tengo que volver a ser yo. Porque si no, ni tú ni yo vamos a ser felices. Y tú te lo mereces. Y yo también.

tu y yo

Un texto de Carlos Rubio Recio

El fin de la humanidad

Después de la guerra nuclear, el único hombre vivo sobre la tierra, salió de su refugio.

Caminó contemplando el paisaje devastado, buscando entre las ruinas señales de vida, algo para comer. Como no encontró nada, siguió caminando.

Durante mucho tiempo, el hombre recorrió ciudades y países pisando cuerpos calcinados, alimentándose de las latas de conserva que encontraba entre los escombros.

Una noche, el hombre vio a lo lejos la luz de una pequeña fogata. Al acercarse al fuego, el hombre encontró dormida a la única mujer viva sobre la tierra. Una hermosa joven de quince años, que lloró de alegría cuando el hombre la despertó.

Hechas las presentaciones, el hombre y la mujer caminaron juntos durante años, buscando a más seres humanos.

Una mañana, el hombre, cansado de andar, se sentó sobre una piedra para ver el amanecer. La joven se sentó a su lado y le observó en silencio. Hacía mucho que los dos habían perdido la esperanza de encontrar más supervivientes, pero ninguno se lo había dicho al otro.

En ese momento, la única mujer sobre la tierra, miró al único hombre sobre la tierra, y supo lo que tenía que hacer.

Antes de que el sol empezara a despuntar, la mujer le cogió de la mano. El hombre aceptó su mano sin mirarla.

Cuando el sol empezó a salir, la mujer besó los labios del hombre, y deslizó su mano suavemente dentro de los pantalones del hombre. Mientras la mujer besaba los labios del hombre, notó que una lágrima mojaba los suyos. Al apartarse, la mujer vio que el hombre estaba llorando.

El sol ya había salido cuando la mujer intentó besarle otra vez. Fue entonces cuando el hombre se apartó de ella, se levantó, y sin dejar de mirar al frente, dijo con voz serena, dejémoslo estar…nos lo merecemos.

Un texto de Carlos Rubio Recio

Los atentados de Givenot

Ese año, las autoridades del pequeño  pueblo de Givenot llegaron a un acuerdo con los terroristas. Cada nuevo atentando de la banda debía ser anunciado con un día de antelación, especificando claramente el lugar y la hora en el que se iba a producir. A cambio de esta deferencia por parte de los terroristas, las fuerzas policiales no acordonaban la zona, y permitían la detonación del artefacto explosivo, siempre y cuando no fuera excesivamente destructivo para el pueblo. El primer atentando después del acuerdo, fue anunciado a bombo y platillo por las autoridades, y el pregonero oficial no paró de recordarles a los vecinos la inminente explosión que iba a tener lugar a las seis en punto de la tarde, en la plaza del pueblo. Llegada la hora indicada por la banda terrorista, tuvo lugar la explosión. Los daños materiales no fueron muy graves, pero para sorpresa de la policía, al llegar a la zona del atentado, se encontraron dos muertos. Al parecer, los esfuerzos por poner sobre aviso a la población no habían dado resultado. Las autoridades decidieron intensificar aún más la labor de información de cara al próximo atentado. Dos meses después, los terroristas anunciaron su siguiente atentado. Cada habitante recibió una carta con la fecha y el lugar en el que se iba a producir el atentado, el cura se lo recordó a sus feligreses en la misa dominical, y el pregonero oficial hizo horas extras, incluso llevó a cabo una cuenta atrás hasta que se escuchó la explosión. La onda expansiva se llevó por delante el quiosco de los periódicos, y el escaparate de la tienda de moda de la señora Miset, pero lo peor de todo, es que la explosión causó cinco muertos. Las autoridades del pueblo no daban crédito. ¿Qué hacían ésas personas ahí a la hora de la explosión? ¿Acaso no sabían que había programado un atentado? Los atentados se sucedieron a lo largo del año, y pese a que los terroristas cumplieron a rajatabla con lo pactado, anunciando siempre la hora, la fecha, y el lugar en el que iba a tener lugar la detonación del artefacto, cada explosión dejaba a su paso varios muertos. Algunos habitantes morían por confiados, si tenían que hacer un recado y veían que aún quedaban un par de minutos para la explosión, apresuraban el paso y se arriesgaban a cruzar por delante de la bomba, pensando que les daría tiempo a alejarse. Otros morían por pura curiosidad, por querer ver una explosión de cerca, sin calcular bien la distancia de seguridad, por pensar que no les saltaría un adoquín a la cara. Y muchos otros, los más, morían por apostar. Desde que los terroristas empezaron a anunciar los atentados, se puso de moda entre mucha gente del pueblo, apostar con los amigos a ver quién aguantaba más tiempo cerca de la bomba antes de la explosión. A menudo, muchos de los que ganaban la apuesta, no tenían oportunidad de cobrarla. Tras el primer año de acuerdo, los terroristas y las autoridades volvieron a reunirse para estudiar si les interesaba renovar el pacto o no. Al examinar los datos del año, comprobaron que el coste en daños materiales y victimas mortales, eran muy similares a los registrados en años sin pacto. Ante esos datos, los terroristas se ofrecieron a renovar el acuerdo, llevaban un año sin sufrir detenciones, y gozaban de cada vez más simpatía entre la gente del pueblo, que empezaba a escuchar sus reivindicaciones. Además, el acuerdo les exoneraba de las muertes que causaban sus atentados, puesto que las victimas eran avisadas siempre por las autoridades hasta la extenuación. Pese a la buena disposición de los terroristas, las autoridades de Givenot se negaron a prorrogar el acuerdo. Los datos eran demasiado parecidos a los registrados sin el pacto, y el acuerdo con los terroristas había sido usado por sus rivales políticos para desgastar su gobierno. La intención de voto a su partido había descendido dos puntos, y las elecciones estaban a la vuelta de la esquina, así que se tomó la decisión de romper el pacto y volver al sistema tradicional, los terroristas atentarían a traición, y a cambio, las autoridades podrían usar los atentados para recuperar el crédito político perdido. Un mes y medio después de la ruptura del pacto, los terroristas pusieron una bomba cerca de un restaurante. La explosión causó la muerte a tres personas, entre ellas, el alcalde de Givenot. Al día siguiente, la intención de voto a su partido subió seis puntos.

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Aquí os dejo un microrelato que por cuestiones tecnicas, o por mi simple incompetencia para colgarlo adecuadamente, he preferido colgarlo en pdf. Espero que os guste.

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