El diario de Kubelik 21/10/67

Creo que la musa trama algo. No sé lo que es, pero sé que trama algo. Desde que ayer la dejé sola su actitud ha cambiado. Se la ve mucha más segura, incluso desafiante. Ya no hay pánico en sus ojos.  El color de sus alas luce más vivo que nunca.

Por lo demás todo sigue igual. Hoy he empezado a corregir las posibles erratas de mis dos primeros libros. Los he releído con detenimiento, por si hiciera falta sopesar algún posible cambio.  No hace falta en absoluto. Son perfectos.

En cuanto a mi tercer libro, ya estoy llegando al final; el padre de la joven mata a su hermano, el protagonista,  clavándole un cuchillo en el cuello. Bien pensado, puede que no sea un éxito comercial, pero seguro que se convierte en una obra de culto.

Echo de menos tocar a la musa. Es superior a mí. No puedo luchar contra ello. La deseo. Sé que es algo repulsivo. Incluso me avergüenza dejarlo por escrito.  Pensar que alguien, algún día, pueda leer esto, me resulta insoportable, pero éste diario se ha convertido en mi confesionario de papel, la caja donde guardo mis pecados.

Adiós YO.

NOTA DEL EDITOR

Ésta es la última anotación en el diario de James Kubelik. La trascripción del texto es integra y literal, no se ha añadido ni omitido ninguna palabra. El manuscrito original se encuentra expuesto en el Museo de Literatura de Nueva  York.

El cadáver de James Kubelik fue hallado en su apartamento la mañana del  24 de octubre de 1967. Fue una vecina la que alertó a los bomberos al ver que salía humo por la ventana  del piso.

Cuando los bomberos entraron en la casa  encontraron a James Kubelik desangrado en el suelo. Tenía el trozo de un plato clavado en el cuello. Junto a él había un montón de papeles ardiendo.  También se encontró una cadena rota junto a la cama.

De todos los  folios que estaban ardiendo, solo se han podido recuperar cincuenta y tres, entre los que se encuentran los dos relatos cortos que hemos reunido en la presente edición, y  que han sido considerados  unánimemente por la crítica como clásicos contemporáneos.

Estos dos relatos son todo el legado que no dejó James Kubelik. El resto se perdió con el fuego.

Las circunstancias que rodearon su muerte siguen siendo un misterio. Las hipótesis son infinitas. Lo único cierto es que nunca se encontraron más huellas que las de Kubelik en el apartamento.

Usted, querido lector, tiene las mismas  pruebas que tuvo la policía para resolver uno de los sucesos más misteriosos y escandalosos de la literatura universal. Unas hojas de diario, y dos relatos de una calidad literaria apabullante, solo al alcance de unos pocos elegidos.

Un texto de Carlos Rubio Recio

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El diario de Kubelik 20/10/67

El libro que estoy escribiendo se  ha vuelto mucho más oscuro y angustioso de lo que pensaba.

Hoy la musa ha roto el plato y el vaso donde le traía el desayuno. Lo ha lanzado contra la pared y me ha escupido a la cara. Cuando he intentado recoger los trozos rotos se me ha tirado encima y se ha puesto a darme golpes en la espalda. Podía haberme apartado, incluso abofetearla, pero he preferido quedarme inmóvil, aceptar sus golpes.

Sé que con éste gesto no compenso todo el daño que la estoy haciendo, pero me ha parecido justo, de alguna manera. Cuando se ha quedado sin fuerzas para pegarme se ha puesto a llorar.

Como ya he dicho, no soy una bestia, tengo sentimientos, así que he decidido no escribir nada en todo el día.  He ido a la cocina, la he traído un vaso de plástico lleno de leche, he recogido los trozos rotos de vidrio con una escoba, y la he dejado sola. Hoy aprovecharé para descansar, si es que la inspiración me deja.

Adiós YO.

El diario de Kubelik 18/10/67

La musa me habló, pero no por el motivo que yo deseaba. Solo me ha pedido que la quite las esposas porque le hacían mucho daño. Es lo único que me ha dicho. Y supongo que es lo único que me dirá. No me merezco más. Ya la he quitado las esposas. Es lo mínimo después de lo que hice ayer.

Me avergüenza lo que  hice. Tengo que ser más fuerte. No puede volver a pasar.

Adiós YO.

El diario de Kubelik 16/10/67

Ya voy por mi tercer libro. La historia es similar a la de “Lolita”, de Nabokov. Un hombre de mediana edad que se enamora de la hija adolescente  de su hermano.  Huele a éxito.

He tenido que dejar de suministrarle anfetaminas a la musa. He decidido dejarla descansar.  Al menos por una temporada. Su estado empezaba a preocuparme, el color de sus alas y su pelo se estaba apagando, y había empezado a tener alucinaciones que afectaban a mi escritura. No soy una bestia. Sé cuándo es el momento de parar. Me doy cuenta de que la estaba sometiendo al ritmo de vida de un esclavo. Yo no soy un tirano. Soy un artista cuyo único pecado es querer dejar huella, un legado con el que se valoré su paso por el mundo, con el que ser recordado. ¿Tan terrible es eso? ¿Acaso no lo  desean todos?

Tengo que volver a lavar a la musa. Vuelve a estar muy sucia.  Tendré que limpiarla a conciencia. Mañana seguramente lo haga. Ahora quiero dejarla descansar.

Adiós YO.

El diario de Kubelik 12/10/67

La vida es lo que me cobran por escribir. Nada más.

Adiós YO.

El diario de Kubelik 10/10/67

¡He terminado la novela! Es perfecta. Pero todavía no la voy a mandar a ninguna editorial. Es tan buena que en cuanto la mande sé que me van a llamar para editarla, concertar citas y firmar contratos. Luego vendrán las entrevistas, las charlas, las conferencias, etc. Y eso tiene una consecuencia clara y evidente, tendría que salir de casa, y dejar marchar a la musa sabiendo que no volverá nunca más, ni ella ni ninguna otra. Sería condenarme al vía crucis de muchos escritores, que sólo han tenido un gran éxito. Escritores a los que la fama les vino tan de repente que no se recuperaron jamás. No quiero ser como ellos. Gracias a la musa he tenido nuevas ideas para un libro de relatos cortos.  Ya he empezado a escribir el primero.

Sé que le dije a la musa que sólo la quería para terminar mi novela… pero ahora comprendo que no puedo dejarla marchar. No estoy preparado. Necesito su luz para escribir. Puede que muchos grandes escritores a los que admiro hicieran lo mismo antes que yo. Puede que  Shakespeare, Conrad o Poe tuvieran a una musa amordazada en su cuarto, ¿por qué no? Sé que lo que hago no está bien, es más, sé que es algo cruel, incluso inhumano, pero me da igual, he tomado una decisión y voy a llevarla hasta sus últimas consecuencias.

He empezado a suministrarle anfetaminas a la musa. Se las toma con cada comida. Los resultados no se han hecho esperar, no sólo la musa aguanta más tiempo despierta, es que además, las  pastillas han influido de alguna manera en mi escritura, que  se ha vuelto más crispada, más incisiva, con toques que recuerdan a Ken Kesey. Mi estilo ha evolucionado en cuestión de días, cuando a muchos les cuesta años.

La musa sigue sin hablarme, y mirándome con recelo, aunque parece que ya se ha hecho a la idea de que va a pasar conmigo mucho tiempo. Ayer la lavé, estaba muy sucia. Aparté la cama, traje un cubo con agua y una esponja, y me puse a ello. La musa me miraba con sus grandes ojos azules abiertos de par en par. Recorrí su cuerpo con la esponja, despacio, limpiando lentamente cada parte de su piel, pasando por sus alas y su pelo suavemente, sin prisa. Su pecho, aún infantil, está formado por una especie de pétalos que cambian de textura y color a medida que bajan hasta el sexo. Es de una belleza tal que escapa a cualquier concepto estético que tengamos. Cualquier persona que pudiera verla todos los días y disfrutar de su don, me comprendería y respaldaría mi decisión. ¿Cómo voy a soltarla?

He de reconocer que la musa me turba.  No puedo evitarlo. Al fin y al cabo soy un hombre. Debo controlarme. Centrarme en escribir. Sólo en eso. Escribir.

Adiós YO.

El diario de Kubelik 6/10/67

La musa ha vuelto a dormirse. Es increíble el poder que tiene. Hace dos días, cuando se durmió por primera vez, aproveché para dormir un poco, estaba agotado. No llevaba más que unas horas dormido cuando de pronto, en medio de un sueño, me desperté sobresaltado por una idea magnifica. Me levanté y fui corriendo a mi habitación. La musa se había despertado y estaba intentado saltar por la ventana. Algo absurdo teniendo en cuenta que estaba encadenada de pies y manos y que su ala estaba rota. Realmente no sé lo que intentaba. Puede que intentará suicidarse con los cristales de la ventana, o que intentará llamar  a cualquiera de sus compañeras para que vinieran en su ayuda. No lo sé. Lo único que sé es que la fuerza de su inspiración me despertó de un sueño profundo con una invitación al trabajo. Es la mejor alarma posible que tengo para saber que la musa se ha despertado, inspiración pura. Al verme entrar en la habitación, la musa  se cobijó bajo sus alas y no apartó los ojos de mí  en todo el tiempo. Sigue sin hablarme.

He escrito quince capítulos desde entonces. Sólo he parado de escribir para dar de comer a la musa. Ya no le doy leche con galletas, ahora le traigo café y tabletas de chocolate,  así la mantengo despierta más tiempo. También  me he traído mi comida a la habitación, y dos palanganas, para no tener que ir al baño.

Me gusta verla dormir. Es el único momento en el que puedo verla relajada. Es una criatura fascinante. No sé cuál será la composición de su pelo, pero lo cierto es que cambia ligeramente  de color dependiendo del lugar desde donde lo mires. Es como si su melena fuera un calidoscopio formando figuras de color sobre sus hombros desnudos y pálidos. La musa me ha traído la paz.

Voy a recoger los cristales de la ventana. No quiero sustos.

Adiós YO.