La carrera de las flores (5ª parte)

Más aliviada por la presencia de Irinio durante el viaje, satisfecha por como había resuelto la incomoda situación, Rania pudo dedicarse a disfrutar del día de fiesta y paladear el éxito de su hija casi como propio, ya que como la niña no estaba, todos los que querían felicitar a Narea, la felicitaban a ella.

Un buen trecho del viaje hacia Candúr se hizo en completo silencio. Narea no decía nada. Su mirada permanecía clavada al frente, como si quisiera atraer hacía ella el horizonte. Irinio y su hijo tampoco hablaban. Nunca habían sido de muchas palabras, pero la ocasión les resultaba tan extraña, que no sabían que hacer o qué decir.

No fue hasta llegar a un cruce de caminos, cuando Narea habló por primera vez. Visorio iba a coger el desvío habitual para llegar a Candúr, pero Narea le detuvo. Quería ir por el atajo del ciego. El padre y el hijo se miraron. Irinio expresó su desacuerdo. No le parecía seguro internarse en el bosque. “Obedece, es la tradición.” Respondió Narea sin dejar de mirar al frente.

Visorio miro a su padre, después cogió el desvío hacia el bosque. El silencio volvió a caer sobre ellos, esta vez con más peso.

Cuando Narea y sus dos acompañantes regresaron a Givenot, ya era noche cerrada. La mayoría de los vecinos se habían ido a sus casas, incluida Rania. Fue uno de los clientes de la taberna el primero que los vio llegar y se acercó a darles la bienvenida.

La niña y los dos hombres devolvieron el saludo y siguieron su camino hacia casa de Narea.

Visorio y su padre dejaron a Narea en la puerta de su casa y se marcharon en silencio.

Narea golpeó suavemente la puerta con los nudillos. Le abrió su madre, que la recibió con un largo abrazo y muchos besos. Estaba radiante de felicidad. Había sido un día maravilloso para ella.

Al entrar en la casa, Narea vio que su madre había puesto el ramo de flores en un jarrón del recibidor. Era lo primero que se veía nada más entrar.

Rania le preguntó a su hija por el viaje. Narea le contó que el viaje había sido muy tranquilo y que la ciudad le había parecido preciosa. Estaba satisfecha de su deseo, pero muy cansada. Su madre se mostró comprensiva y no entretuvo más a Narea, que se fue pronto a la cama.

Desde el momento de su regreso, las cosas entre Narea y su madre fueron a mejor. Narea se mostraba más cariñosa, más tranquila. Rania veía en su hija la gratitud a su insistencia. Aunque Narea no se lo dijera, haberla insistido tanto para que disputara la carrera, había tenido su recompensa. Las dos lo sabían, y eso las unía más.

Para Rania, la prueba más evidente de lo orgullosa que estaba Narea de haber ganado la carrera, era el escrupuloso mimo que ponía en la conservación del ramo.

Narea cambiaba el agua a las flores varias veces al día. Lo mismo hacía con la ubicación del jarrón, que variaba constantemente en función de la posición del sol y el ambiente de la casa. Rania veía a su hija tan preocupada por el ramo, que solía bromear con ella diciendo que ya comprarían otro cuando se casará, que por mucho que lo cuidará, ése no iba a llegar en buen estado.

El tiempo en la casa fue pasando con la placidez propia del verano. Sin más incidencias que un ligero constipado de Narea.

Un día, ya de noche, mientras Rania preparaba la cena, Narea cogió el ramo de la carrera, se acercó a su madre y se lo entregó haciendo una pequeña reverencia.

Rania aceptó el ramo, que ya estaba visiblemente marchito, y devolvió la reverencia siguiéndole el juego a su hija.

“Enhorabuena madre, va usted a ser abuela.” Dijo Narea.

FIN

Un texto de Carlos Rubio Recio.

La carrera de las flores (4ª parte)

Rania, que nunca había dudado de la resolución del duelo con su hija, se limitó a sonreír satisfecha y a besar a Narea en la frente como gesto de paz.

A partir de ése momento, Narea empezó a prepararse para la carrera. Salía a correr todos los días al caer al sol, único momento en que se lo permitía su madre, a la que no le parecía apropiado que una joven corriera sola a la luz del día. De hecho, Rania no quería que su hija se entrenara, lo veía cosa de vulgares, pero sabía que en esto tenía que ceder, era lo justo después de todo.

El mes pasó rápido y por fin llego el día.

Narea y su madre se despertaron muy temprano. Narea se dio un baño de agua caliente, desayunó algo ligero, y después se puso el vestido tradicional de competición. Todas las corredoras debían ofrecer el mismo aspecto; lazo rojo en el pelo, vestido blanco y zapatillas rojas. Cada uno de éstos elementos tenía una carga simbólica, al igual que el nombre de la carrera y el objetivo final de la misma.

La carrera de las flores, no era una referencia a la prueba que había que realizar para ganarla, sino a las corredoras que la disputaban. Niñas que habían empezado a florecer.

Para los habitantes de Givenot, cuando una niña manchaba por primera vez, comenzaba su lucha por mantenerse pura y no sucumbir antes de tiempo a los deseos del cuerpo. Lucha que duraba, por lo menos, hasta que se casaba.

Por eso, la prueba a superar en la carrera era la de recoger flores hasta formar un ramo, que obviamente, era una alegoría del ramo que lleva la novia el día de su boda. Se puede decir, que el fin último de la carrera para aquellas niñas, era llegar inmaculadas al matrimonio.

Y por ésa razón, la vestimenta de la competición era tan especifica, porque cada uno de sus elementos era un recordatorio para las jóvenes corredoras. El lazo rojo en el pelo, simbolizaba los pensamientos carnales que empiezan a invadir, cada vez con más fuerza, la mente de la niña según va creciendo. Al igual que las zapatillas rojas, que eran el símbolo de sus necesidades físicas, las cuales le pueden hacer tropezar en cualquier momento del camino. La niña debe luchar contra sí misma, contra su mente y su cuerpo, para mantenerse pura, de ahí el vestido blanco que la cubre, solo así podrá alzarse con el ramo con todo el derecho.

Doce niñas lucharon aquel año por conseguir el ramo. De todas ellas, Narea era la más mayor, y para muchos, la más guapa. Y es que, no nos engañemos, la carrera también servía a los mozos para conocer a las nuevas mujeres del pueblo.

Las participantes tuvieron que esperar varias horas en lo alto de la colina antes del inicio de la carrera. Como es lógico, no podían estar cerca del pueblo mientras se colocaban las flores. Por suerte para ellas, como día de fiesta que era, siempre ponían una pequeña feria en lo alto de la colina donde entretenerse y matar los nervios.

Eran las once cuando apareció el encargado de repartir los sobres con la composición del ramo. La lista que Narea encontró en su sobre era la siguiente; Una magnolia, tres rosas, un jazmín, tres dalias, un lirio, un girasol y dos hortensias.

A las doce en punto, las campanas de la iglesia dieron comienzo a la carrera y las niñas echaron a correr colina abajo en dirección al pueblo.

En este punto de la historia, espero que los lectores disculpen mi decisión de no describir el desarrollo de la carrera. Sé que en manos de un buen narrador, esta parte del relato sería, quizá, la más emocionante. Lamentablemente, no es mi caso, y no me gustaría malgastar mi tiempo y el suyo, escribiendo párrafos abocados a una lectura superflua. Así que ahorraré a más de un lector, el tener que saltar entre las palabras en busca del final, como quien cruza un riachuelo pisando sus piedras.

Basta con decir que Narea fue la ganadora, seguida, ya a cierta distancia, por Lusana Sayet, dos años menor.

Cuando terminó la carrera, todos los que estaban en la colina bajaron hasta la plaza de la fuente para escuchar la petición del deseo.

Rania bajó acompañada de su hija, y varios amigos y vecinos. La orgullosa madre, apenas podía contener las lágrimas de felicidad, sólo ensombrecida por la triste ausencia de su marido.

Gonaro Nozaret, descendiente del primer tamborilero del pueblo, tocó su habitual redoble y dio paso a la voz de la joven ganadora, que dirigiéndose a sus vecinos, dijo lo siguiente, “Yo, Narea Siset, ganadora de la carrera de las flores, me dirijo humildemente a los habitantes de Givenot, para expresarles el deseo, que según la tradición, me ha de ser concedido. Yo, Narea Siset, pido ser llevaba hoy en carromato hasta la ciudad de Candúr, con la única compañía de Visorio Tatet, que será mi cochero y acatara mis ordenes hasta nuestro regreso. “

Cuando Narea terminó de hablar, no se escucharon aplausos. Todos los habitantes del pueblo se quedaron en silencio, incómodos. Visorio, que estaba entre los asistentes, estaba tan sorprendido como el que más. Apenas conocía a Narea, sólo de vista. No entendía porque ella le había elegido.

Visorio Tatet tenía dieciséis años. Era hijo de Lania Carcat, costurera, y de Irineo Tatet, el herrero del pueblo. Visorio trabajaba ayudando a su padre, aprendiendo el oficio que con toda seguridad, seria el suyo algún día.

El deseo de Narea no era difícil de cumplir, pero el hecho de que un chico y una chica de su edad se alejarán solos del pueblo camino de la ciudad, no resultaba bien visto por nadie.

Rania, que sabía y compartía lo que estaban pensando todos, fue la primera en alzar su voz y exponer sus preocupaciones, convenientemente maquilladas. “Creo conocer los motivos que llevan a mi hija a querer ir hasta Candúr. Como todos sabéis, es a ésa ciudad a donde se dirigía su padre, mi querido esposo, cuando le sorprendió la muerte a manos de unos asaltantes. Supongo que hacer el recorrido que su padre jamás pudo completar, es su manera de honrarle en este día tan especial. Y es por esto que no puedo estar más orgullosa de mi hija de lo que estoy ahora. Sin embargo, debe exponer mi temor de madre a que Narea y Visorio hagan ése recorrido solos. Sé bien los peligros que entraña aquel camino. Todos lo sabemos. Así que como madre que quiere a su hija, debo pedir que los acompañe un hombre adulto.”

El pueblo aplaudió la propuesta con entusiasmo, haciendo visible que la preocupación de la madre también era la suya.

Fue entonces cuando Narea volvió a tomar la palabra. “Entiendo y respeto la preocupación de mi madre, que ha leído mis intenciones sin esfuerzo. Yo también conozco los peligros del camino, así que no mostraré objeción en sumar a mi viaje otro acompañante, siempre y cuando lo elija yo, y mi juicio sea respetado.”

Todo el mundo se mostró de acuerdo. El nombre del nuevo acompañante no tardó en ser pronunciado.

“Si alguien debe acompañarnos en este viaje a Visorio y a mí, creo que la elección más acertada es la Irinio Tatet, su padre. No solo por la inmensa fuerza que demuestra a diario desempeñando su trabajo, si no también porque no hay soldado más valiente que un padre defendiendo a su hijo, y un hijo defendiendo a su padre. Si surge algún peligro durante el viaje, no dudaré de la entrega de ambos en el combate.”

Las palabras de Narea fueron interpretadas como sabias y muy razonables. Al cabo de una hora, todo estaba listo para su marcha.

Antes de emprender el viaje, Narea le dio a su madre el ramo de flores que había conseguido en la carrera y le pidió que las pusiera en agua al llegar a casa.

El carromato salió del pueblo con Narea y los dos hombres sobre las tres de la tarde. Los vecinos los despidieron con aplausos. De todas las personas que estaban allí, quizá solo una, Giselle Siset, se dio cuenta de que su hermana no había sonreído en ningún momento desde que ganó la carrera.

Continuará…

La carrera de las flores (3ª parte)

Por supuesto, su madre lo sabía. Narea se había negado a participar en todas las tradiciones desde que tenía consciencia, y esta vez no iba a ser menos. Además, en esta ocasión, a su terquedad natural, se sumaba el agravante de la pubertad. Eso lo haría todo más difícil, pero Narea siempre había terminado pasando por el aro, quitando el incidente del pañuelo, por supuesto. Su madre estaba convencida que en esta ocasión no iba a ser menos.

Como era de esperar, la noticia de que a Narea le había bajado el período, fue recibida con gran regocijo por su madre, que no tardó en prepararlo todo para celebrarlo según manda la tradición.

Lo primero que hizo fue colgar un lazo rojo en el balcón. Esta señal tan evidente, no solo servia para que todo el que pasará por su calle se diera por enterado y entrará a felicitar a la joven y a la familia, si no que también expresaba el deseo de la joven de participar en la próxima carrera de las flores.

En cuanto Narea vio a su madre con el lazo, intentó impedir por todos los medios que lo anudará y expresó su firme deseo de no disputar la carrera, por ser terriblemente vejatoria.

Su madre la miró con dureza, su expresión era de sorpresa y dolor, como después de una bofetada a traición. La madre le lanzó a Narea una advertencia apenas disimulada bajo piel de ruego, “No me hagas más daño, por favor”.

Narea intentó hablar con su madre, pero fue inútil.

Los vecinos no se hicieron esperar. La casa se llenó de gente que sonreía tímidamente en el umbral de la puerta y pronunciaba el nombre de Narea, como santo y seña para acceder al pequeño convite del salón.

Algunos vecinos, los más cercanos a la familia, llevaron algún pequeño obsequio; un espejo de mano, un frasco de perfume, colorete, un diario.

Narea habló y saludó a todo el mundo, como era su deber. Si la situación le disgustaba, nadie lo notó.

Mientras Narea recibía besos y felicitaciones, mientras mantenía con fingida frescura la misma conversación y se reía suavemente de las mismas bromas, Narea observaba a su madre representando su papel favorito, el de Rania Siset; madre, viuda, y encantadora anfitriona.

Hacia casi cuatro años desde que su padre, Jan Siset, había sido dado por muerto. Jan era comerciante. Un lluvioso día de marzo, Jan salió del pueblo en su carromato para entregar unos pedidos y jamás volvió. El carro fue encontrado en el bosque con marcas de disparos en la madera y manchas de sangre en el interior. La mercancía y el caballo, al igual que su padre, habían desaparecido. Su cuerpo jamás apareció.

Las conjeturas de la policía, que no se molestó en investigar más de lo necesario, sostenían que Jan se dirigía hacia Candúr, por el atajo del ciego, cuando se vio sorprendido por una de las bandas de asaltadores de la zona. Jan, hombre con arrestos y con una pistola al cinto, lejos de dejarse amedrentar por los asaltantes, abrió fuego y dio inicio al tiroteo, que finalmente acabaría con su vida.

Con Jan muerto y quizá alguno de los de la banda herido, los asaltadores hicieron su trabajo; limpiaron el carro de mercancía, cogieron el caballo, y se llevaron el cadáver de Jan para vendérselo a estudiantes de medicina, práctica más habitual de lo pensado entre criminales.

La lluvia había borrado cualquier posible huella a seguir, así que el caso no tardó en darse por cerrado.

A falta de un cuerpo al que poder dar sepulcro, se realizó el entierro simbólico de una pequeña caja de madera con algunos objetos personales del difunto. Desde el día del funeral, la madre de Narea no abandonó el luto.

Si bien la decisión de perpetuar el luto, se debía al profundo dolor que le había causado la pérdida de su esposo, al que sin duda amaba sinceramente, existía otro motivo, mucho más mundano, para que la viuda de Siset no cambiará el negro por otro color; Rania, temía secretamente que si dejaba de vestir de negro, alguien, al verla con sus hijas, pensará que era madre soltera o divorciada.

Y puede que fuera ése temor el que la llevaba a invocar con frecuencia el nombre de su esposo en celebraciones y días sueltos, en los que lamentaba su perdida con propios y extraños, a menudo, sin venir muy a cuento.

Por supuesto, aquella tarde no fue menos, y Rania lamentó profusamente ante los vecinos, la gran ausencia de su marido al que aseguro, le hubiera encantado felicitar a su pequeña en un día tan especial.

La fiesta se prolongó hasta entrada la noche. Una vez que se hubo marchado el último invitado, Narea dio por terminada la tregua con su madre y volvió a recordarle su intención de no participar en la carrera. Rania, sorda de satisfacción por el éxito de la fiesta, no hizo el menor caso a las advertencias de su hija.

Pasaron los meses y la sordera persistía. No había día en el que Narea no le recordará a su madre que no iba a correr. A lo que ella contestaba lacónicamente, “Narea, es la tradición.”

Cuanto más se acercaba el verano, más ganas tenia Rania de ver a su hija con el vestido de competición y el lazo en el pelo. Narea estaba cada vez más bonita. En su cara y su cuerpo ya se abocetaban rasgos de mujer. Sus ojos, antes tan inquietos, habían encontrado seguridad y reposo, convirtiendo su mirada en un constante desafío. Los últimos estirones habían afinado su figura y realzado sus piernas, hasta ése momento escondidas. Rania siempre había pensado que su hija sería el patito feo de la casa, que no tenía nada que ver con la pálida belleza de su hermana, más etérea, más femenina.

Comprobar que se había equivocado, producía en Rania un inmenso placer, el deseo irrefrenable de estar ya en lo alto de la colina, y señalando con el dedo a Narea, poder decir, ésa es mi hija

Éste orgullo de madre dificultaba cada vez más la misión de Narea, que aún así, seguía insistiendo en su idea de no competir.

Narea no quería reconocerlo, pero odiaba a su madre. Con la llegada de la pubertad, había empezado a valorarla como persona, a no verla tan solo como su madre, y en verdad, por mucho que la doliera, Narea era incapaz de aguantar a aquella mujer. La enfermaban sus ademanes, su manera de hablar, de comer, de besarla, sus reglas de cortesía, su vida.

Narea necesitaba algo a lo que poder aferrarse para reconciliarse con ella, un gesto que la salvará del asco. Por eso aún esperaba que su madre aceptara su decisión de no disputar la carrera.

Pero ése gesto no llegó.

A un mes de la competición, Narea, sorprendente, no solo capituló ante su madre y anunció que participaría en la carrera, si no que aseguró que iba a ganarla.

Continuará…

La carrera de las flores (2ª parte)

Narea tenía catorce años cuando manchó por primera vez. A diferencia de sus amigas y compañeras de colegio, el hecho no le produjo ni sorpresa ni temor. Tan solo una profunda pereza. No solo por saber que aquello llegaba con vocación de rutina, si no también por todas las consecuencias inmediatas que acarreaba.

Narea deseo con todas sus fuerzas no decírselo a su madre, no decírselo nunca, pero sabía que eso no era posible. Tenía que hacerlo. Su madre llevaba tanto tiempo esperando la noticia, que en ocasiones Narea sentía que su madre la miraba con recelo, como si lo estuviera retrasando a propósito. Solo para molestar.

Al fin y al cabo, ella siempre había sido la hija díscola. Desde muy pequeña, Narea había mostrado un rechazo visceral, casi físico, a la manera de entender la vida que tenía su madre. Así como a cualquiera de las tradiciones que en ella, y en el resto del pueblo, eran motivo de devoción. A menudo, ella misma se preguntaba de dónde venía ése rechazo, ya que su madre se había esforzado desde que nació en inculcarle sus valores, que también eran los de su abuela.

A Narea le gustaba pensar que quizá ella hubiera salido a su padre, que solía cumplir con las tradiciones rigurosamente, pero sin entusiasmo, y siempre se había mostrado más benévolo con sus desplantes.

Por otro lado, la distancia entre la madre y la hija, se había hecho mucho más profunda desde que dos meses atrás, Narea se había negado a asistir a la prueba del pañuelo de Giselle, su única hermana. La prueba, que se realizaba el día de la boda, era una tradición importante para las mujeres del pueblo, ya que en ella demostraban a su reciente marido y a todos los vecinos, que habían llegado puras al matrimonio.

A Narea, la prueba le parecía algo terriblemente prosaico. Ver a su hermana participando en ella le revolvía las tripas. Así que le pareció preferible disgustar a unos pocos con su ausencia, que ofender a todos con una presencia mal encarada y critica.

Su hermana se entristeció al no verla entre la gente cuando alzaron el pañuelo, pero de alguna se lo esperaba y no tardó en perdonarla, se querían demasiado como para que eso pasará demasiada factura entre ellas.

En cambio, su madre todavía le guardaba rencor, y la acusaba de haber desvirtuado toda la boda de su hermana con semejante falta de respeto.

Narea sabía que la noticia que tenía que darle a su madre, podía borrar del todo la estela que había dejado entre ellas el día de la boda. Tan solo tenía que dejar a su madre disfrutar del momento, dejarla ser feliz, y sobre todo, dejarse llevar y aceptar sin rechistar todo lo que vendría después. Lo malo es que la dignidad y los principios de Narea, ya estaban muy asentados como para permitir que eso pasara. Al menos, no sin sentir que se estaba traicionando a sí misma.

Y es que Narea, no quería participar en la carrera de las flores.

Continuará…

La carrera de las flores (1ª parte)

A Muriel.

La carrera de las flores era una de las tradiciones más antiguas y arraigadas en el pequeño pueblo de Givenot. La carrera se celebraba una vez al año, normalmente durante el verano, y solía congregar a todos los habitantes del pueblo en lo alto de la colina de los rezos. Cerca de la piedra donde según cuenta la leyenda, oró durante tres días y tres noches el famoso caballero Galindo Arnalt, tras matar al último bárbaro que pretendió invadir sus tierras.

Debido a las normas, en la carrera sólo podían participar niñas. La edad de las participantes solía oscilar entre los diez y los quince años, y era raro el año que se juntaban más de veinte. Por otro lado, las corredoras sólo podían inscribirse en la carrera una vez en su vida, norma que negaba a las perdedoras cualquier atisbo de consuelo, conscientes de que no podrían volver a intentarlo al año siguiente, ni ningún otro.

De esta forma, año tras año durante siglos, las jóvenes habitantes de Givenot que manchaban por primera vez, se ganaban el privilegio de disputar la carrera.

La prueba consistía en recorrer el pueblo de un extremo a otro y recoger las flores necesarias, cuidadosamente colocadas en puertas y ventanas, hasta formar un ramo de doce flores, que respetará la lista dada por el jurado justo antes de la competición. De nada le valía a una niña ser la primera y entregar un ramo con cuatro rosas, un jazmín, cinco dalias y dos hortensias, si en la lista que la entregó el jurado se la exigía un ramo de cinco rosas, un jazmín, tres dalias y tres hortensias.

La ganadora, aparte de quedarse el ramo como recuerdo, tenía el derecho de pedirle un deseo, razonablemente sencillo, por otro lado, a los habitantes del pueblo.

Maret Nicort, ganadora de la carrera con doce años, encargó a Fontás Verdet, carpintero del pueblo por aquella época, la construcción de una muñeca de madera lo más similar posible a ella en talla y aspecto. Fontás, gran artesano y perfeccionista como era, trabajó en la réplica durante semanas. En la fase final del proceso, y a petición del artesano, la familia de la joven aportó un vestido al que la niña ya no daba uso y los cabellos restantes de una visita al peluquero.

La muñeca, que solo había conocido la luz del taller y la mirada de su creador, fue descubierta a la vista de todos en un acto tan magnifico que casi la convertía en monumento.

La semejanza de la muñeca con la modelo no dejó indiferente a nadie. A muchos incluso les pareció de mal gusto. No creían correcto que se hubiera llevado el parecido a tales extremos. Les incomodaba imaginar a Fontás trabajando a solas en la figura de la pequeña Maret de madera.

La niña, en cambio, se mostró encantada. La muñeca no solo era una reproducción exacta de sí misma, sino que además era completamente articulable y muy liviana. Perfecta para jugar.

A partir de ése día, la muñeca y la niña se volvieron inseparables. Maret le contaba sus confidencias, le probaba ropa, peinados, y bailoteaba con ella por toda la casa. Era su hermanita de madera.

Pasado algo más de un año, la relación de la niña con la muñeca, con la que ya no jugaba tanto, pero a la que guardaba gran afecto, terminó de manera abrupta. Sus padres la quemaron en el jardín.

Al parecer, la madre había sorprendido a Naró, el hermano mayor de Maret, jugando con la réplica.

Otra de las peticiones que cabe recordar es la de Nur Llinet, ganadora con once años, que pidió que durante un día, todas aquellas personas que salieran a la calle, caminaran a gatas. Restricción de la que por supuesto, solo ella estaba eximida.

Se puede llegar a pensar, si no se conoce mucho a los habitantes del pueblo y lo arraigado de sus costumbres, que el deseo de la niña fue denegado de inmediato por exagerado, humillante, y otra serie de incontables adjetivos que sobrevolaron la mente de los implicados, pero lo cierto es que el deseo fue cumplido a rajatabla por todos.

Si bien es cierto que ése día hubo notables ausencias en la calle, solo salieron de casa los que se vieron obligados a ello, justo es reconocer la integridad de los ciudadanos en el cumplimiento del peculiar decreto. No hubo cabeza por la calle que conquistará altura superior a metro y medio.

Curiosamente, ver cumplido su deseo, pareció alterar de alguna manera el carácter de la pequeña Nur, que habiendo sido una excelente estudiante y alumna ejemplar hasta ése momento, tuvo que ser reprendida y castigada por su profesora de matemáticas, Sacramento Nunot, cuando no habían pasado ni dos días desde que la niña puso el pueblo a sus pies.

Nur, que siempre había visto los castigos desde su pupitre, fue obligada por su profesora a ponerse de rodillas, y con los brazos en cruz, aguantar un pesado libro en cada mano.

Cuando la niña les contó el castigo a sus padres, estos la regañaron por su mal comportamiento y Nur se fue a la cama sin cenar.

Pero deseos como los de Maret o Nur, son excepciones. La mayoría de las peticiones que jalonan la historia de las vencedoras, son tan vulgares, tan corrientes, que ni si quiera merecen su enumeración.

Además, no es de ellas de quien quiero hablar, aunque el entusiasmo que siento por sus historias me traicione y haga que les dedique más párrafos de lo debido.

La responsable de que yo esté ahora sentado en mi escritorio, luchando con las palabras, se llamaba Narea Siset.

Continuará…