I-D

Aqui os dejo el último cortometraje de mi amigo Daniel Andrés Pedrosa, I-D, en el que participo como guionista. Espero que os guste.

http://www.jamesonnotodofilmfest.com/cortos-a-concurso.html?id=cw531649c400f48

 

Uniforme con capucha

Es azul. Azul celeste. Una sudadera con capucha y cremallera. Con un par de bolsillos en los que hundir los puños los días de frío, los días en los que no salen las ideas. Al principio la llevaba a todas partes. Es calentita pero no agobia, es bonita pero discreta, funcional. Con unos vaqueros y unas zapatillas, te ha vestido. A base de tiempo y calle, la sudadera fue perdiendo lustre. Y la fui relegando a los días de rodaje, de construcción de decorados, a los olvidos. Al final, después de usarla durante un tiempo para bajar a correr, pasó definitivamente a ser una prenda sólo para estar por casa. Mi predilecta. La que me ponía para escribir. Y así, sin darme cuenta, ésa vieja sudadera se convirtió en mi uniforme de trabajo. Durante años, ponerme esa sudadera ha supuesto que tocaba sentarse delante del ordenador y echarle horas a lo que tuviera entre manos. Con la sudadera con la que ahora redacto estas líneas, he escrito un guion de largometraje, varios de cortometraje, relatos, funciones de microteatro, una novela corta, tutoriales de Tablet y poemas. A esta sudadera ya se le ven las cicatrices, el tiempo se ha adherido a su tela y no se va, al igual que algunas manchas, que han decidido hacer de esa estepa azul su hogar. Los puños, descosidos, abiertos como racimos, deformados de tanto remangarlos, lucen manchas de sangre reseca, de pintura, de Coca-Cola. La capucha, muy abombada, me cae sobre el cuello como un pellejo. No lo voy a negar, me la pongo a veces, mientras escribo. No sé por qué cogí esa manía, pero de vez en cuando tengo la necesidad. Me dura poco puesta,  enseguida me imagino lo ridículo que debo parecer escribiendo con ella, pero hay momentos en los que realmente necesito cubrirme la cabeza y sentir el calor de la tela en las orejas, notar que el mundo a mí alrededor se reduce por los lados, como si mirará a través de un embudo. Es el casco que uso para viajar. Este es el último texto que escribo con esta sudadera. A partir de ahora usaré otra que me ha regalado un buen amigo. Una sudadera gris, que también tiene capucha y un par de bolsillos. No sé me ocurre mejor manera de honrar su regalo que usarlo para escribir. Ni se me ocurre mejor manera de despedirme de mi sudadera azul que hacerlo con este texto. Gracias por el calor vieja, te veré en el armario.

Texto de Carlos Rubio Recio.

Mi paisaje

Mi paisaje

 

Últimamente, camino siempre con los puños apretados,  y llego a casa con sonrisas en las manos.

Últimamente, doy dos pasos atrás cuando llega el metro, y procuro no asomarme a la terraza si hace bueno.

Últimamente, doblo los pies hacia dentro, y la sonrisa ya no me sale natural, tiro de ella, como un titiritero.

Últimamente, duermo boca abajo, y braceo a la zona más profunda del sueño, donde la luz del mundo queda lejos.

Últimamente, mis vaqueros parecen un desierto de cristales rotos, y arañan al quitármelos.

Últimamente, los nombres han vuelto a sangrar,  y  lleno las gasas con caras de mujer.

Últimamente, el mundo brilla con soberbia, y las parejas se queman en los parques.

Últimamente, evito las películas y las canciones, como  quien busca sombra en Agosto.

Últimamente, miro mucho la hora,  y creo que no voy a llegar a los cuarenta, y fantaseo con atentados.

Últimamente, devoro abrazos con  hambre de  náufrago.

Últimamente, me siento  a dos pasos del desastre, y vuelvo a ver el paisaje del que había logrado alejarme.

 

 

Un texto de Carlos Rubio Recio

 

 

Zulo

El olor le guio por la casa hasta una habitación azul. Un niño, muy tieso, penduleaba sobre el perro que roía sus talones. El detective pensó en cortar la soga y tumbarlo sobre la cama, pero era un acto de delicadeza que no se podía permitir. Cruzó la habitación y abrió el armario despacio, con el morro de la pistola rastreando peligro. Tras los abrigos encontró una portilla. Apretó con fuerza la pistola y permaneció muy quieto, notando como el sudor le fluía por las líneas de la mano. Nada más descorrer el cerrojo, le llegó un coro de murmullos y alaridos de anciana. Al asomarse, vio que las voces provenían de un túnel. El detective avanzó hacía la luz que fluctuaba con los gritos. ¡Fantásticamente!, suplicaba la anciana, ¡fantásticamente! El detective echó a correr por el pasillo de piedra hasta que se encontró de frente diez espaldas cercando un cuerpo desgajado. ¿Cómo te sientes?, preguntó uno de ellos mientras la pateaba. ¡Fantásticamente!, rugió la mujer, ¡fantásticamente! En ése momento, uno de los hombres se volvió hacia el detective, y todos los demás le siguieron. Veinte odios azules escrutaron al intruso y su pistola. La mujer se arrastró hasta el detective manchando el suelo con las secuelas de la cueriza. Ninguno intentó detenerla, se limitaron a observar cómo se alejaba, con aire menospreciador. Al fijarse bien en sus rostros, el hombre reparó en que todos tenían la misma mirada, la misma expresión, la misma boca, los mismos lunares, la misma tristeza. Lo único que los diferenciaba era la edad. El más mayor debía tener rondar los sesenta, el más pequeño, apenas estaría en los doce. Todos aquellos rostros repetidos, maquillados de distinta manera por el tiempo, mostraban una hectiquez jabonosa. El detective conocía ese rostro, lo había visto en la casa de la anciana, en las forzadas fotos familiares colocadas en el recibidor y el salón. Una idea absurda, insubsistente, alumbró la mente del detective con una claridad tan llana, que resultaba terriblemente persuasiva. Por imposible que fuera, aquellos raptores, eran un único raptor.

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*La imagen pertenece a la película “Angel Heart”, de  Alan Parker.

Un texto de Carlos Rubio Recio

Los minutos, las horas

Hoy os dejo el precioso corto de unos amigos que se ha proyectado en multitud de festivales, incluido Cannes. Espero que os guste tanto como a mí.

 

 

 

Instrucciones para construir espacio-tiempo

 

Coincide con otra persona en el espacio-tiempo.

Entra en su espacio, detén el tiempo.

Deletrea “cosmogónico” en su boca, y déjate llevar.

 

Notarás en tu lengua agujeros de gusano.

Atraviésalos, y podrás moldear el espacio.

 

Si una vez creado el nuevo espacio- tiempo,

No es el más habitable en el que has estado,

Busca a otra persona. Repite el proceso.

 

Un texto de Carlos Rubio Recio

 

Altruismo

 

El suicida donó sus segundos.

Un texto de Carlos Rubio Recio

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