Uniforme con capucha

Es azul. Azul celeste. Una sudadera con capucha y cremallera. Con un par de bolsillos en los que hundir los puños los días de frío, los días en los que no salen las ideas. Al principio la llevaba a todas partes. Es calentita pero no agobia, es bonita pero discreta, funcional. Con unos vaqueros y unas zapatillas, te ha vestido. A base de tiempo y calle, la sudadera fue perdiendo lustre. Y la fui relegando a los días de rodaje, de construcción de decorados, a los olvidos. Al final, después de usarla durante un tiempo para bajar a correr, pasó definitivamente a ser una prenda sólo para estar por casa. Mi predilecta. La que me ponía para escribir. Y así, sin darme cuenta, ésa vieja sudadera se convirtió en mi uniforme de trabajo. Durante años, ponerme esa sudadera ha supuesto que tocaba sentarse delante del ordenador y echarle horas a lo que tuviera entre manos. Con la sudadera con la que ahora redacto estas líneas, he escrito un guion de largometraje, varios de cortometraje, relatos, funciones de microteatro, una novela corta, tutoriales de Tablet y poemas. A esta sudadera ya se le ven las cicatrices, el tiempo se ha adherido a su tela y no se va, al igual que algunas manchas, que han decidido hacer de esa estepa azul su hogar. Los puños, descosidos, abiertos como racimos, deformados de tanto remangarlos, lucen manchas de sangre reseca, de pintura, de Coca-Cola. La capucha, muy abombada, me cae sobre el cuello como un pellejo. No lo voy a negar, me la pongo a veces, mientras escribo. No sé por qué cogí esa manía, pero de vez en cuando tengo la necesidad. Me dura poco puesta,  enseguida me imagino lo ridículo que debo parecer escribiendo con ella, pero hay momentos en los que realmente necesito cubrirme la cabeza y sentir el calor de la tela en las orejas, notar que el mundo a mí alrededor se reduce por los lados, como si mirará a través de un embudo. Es el casco que uso para viajar. Este es el último texto que escribo con esta sudadera. A partir de ahora usaré otra que me ha regalado un buen amigo. Una sudadera gris, que también tiene capucha y un par de bolsillos. No sé me ocurre mejor manera de honrar su regalo que usarlo para escribir. Ni se me ocurre mejor manera de despedirme de mi sudadera azul que hacerlo con este texto. Gracias por el calor vieja, te veré en el armario.

Texto de Carlos Rubio Recio.

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